1ª Edición  |  Curso 2004-2005    
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Un Rodrigo y dos cafés
Adela Solís García, 17 años

Colegio Montealto, Mirasierra (Madrid)

     

     La vida es como un café caliente para desayunar.
No la saboreas bien hasta que se enfría.
(Candela Lorca)

     Rodrigo Ontiveros era un hombre de costumbres. Cada mañana se levantaba a las ocho y media en punto y se cubría con un batín de seda granate, a juego con su pijama de cuadros. A continuación, preparaba un tazón de café para acompañarlo con una pieza de fruta del tiempo y horneaba una napolitana de crema. Luego se sentaba en el porche trasero y desayunaba sosegadamente, mientras esperaba a que llegase el chico de los periódicos. Regar, podar los arbustos, fumar y cocinar eran algunas de las actividades en las que ocupaba el resto de la jornada. Sin duda, lo que más le deleitaba era hojear su colección de recortes periodísticos, que reunía ejemplares con más de un lustro de antigüedad, y respirar su retiro. Rodrigo Ontiveros era, pues, un hombre de costumbres solitarias.

     El señor Ontiveros vivía en La Almadraba desde hacía treinta y seis años, cuando un huertano del pueblo se hizo rico a costa de pimientos, cebollas y demás, y decidió construirse una nueva parcela a su gusto, vendiéndole aquel viejo caserón.

     Llegó, pues, a los cuarenta años, con una maleta de cuero, un sombrero, un puñado de pesetas y una caja de puros habanos Partagás. Aunque la casa necesitaba serias reformas, Rodrigo prefirió utilizar sólo el ala oeste, limitándose a tapar cada cierto tiempo las goteras.

     En el pueblo nadie le conocía, salvo el frutero, el chico de los periódicos, el lechero y el mozo de la tienda de comestibles. El resto apenas le veía dos veces al año, cuando se acercaba a la oficina de correos en Año Nuevo o en la misa del domingo de Resurrección. Conjeturaban que tenía familiares en algún pueblo de España, quizá en Vigo, según hablaban los rumores. Su estado civil: soltero. Eso era todo, aunque no poco para despertar la curiosidad de la alcaldesa, Mariana, y su cortejo de amigas.

     23 de agosto de 1986.

     Quedaban todavía unos diez días para que abandonasen la costa los molestos turistas que cada verano plantaban sus sombrillas con intención de aparcar así sus problemas de rutina y ciudad, y adquirir, además, un bonito y duradero bronceado. <<Son gente superficial y hueca de seso>>, pensaba Rodrigo. <<No saben encontrar en su propia vida el bienestar y creen poder reemplazarlo con unos días insulsos bajo el sol>>.

     Aquella mañana, Rodrigo se levantó de mal talante. El calor le había desvelado. Le incomodaba el clima húmedo y ciertamente pegajoso de la costa murciana. Además, carecía de aire acondicionado y sus ahorros no alcanzaban para comprar ni siquiera unos viejos ventiladores.

     El chico de los periódicos se retrasaba. Nunca le había agradado el muchacho. Cinco minutos se podían admitir, pero más de media hora era desmedido. Se creería que él no tenía otra cosa que hacer; que un viejo agrio no merecía un poco de respeto. << Todos los jóvenes son iguales>>, rumiaba. <<Sus padres les debieron enseñar que la vida sin educación no conduce a buen puerto>>. El pobre hombre, lo único que le pedía al mundo era que le trajesen la prensa antes de haberse bebido el café.

     Por fin sonó el timbre, con tres cuartos de hora de retraso. Hoy no iría a recibirle, que lo dejara en la puerta. Y la propina, ni soñarla hasta, por lo menos, una semana. El timbre seguía suplicando un oído. ¡Qué impertinencia! Encima tenía el descaro de llamar insistentemente como diciendo: “tengo prisa”. Sí, le diría unas cuantas cosas que llevaba guardadas desde hacía tiempo. Aquello no podía ser bueno para su salud. Acabaría padeciendo una úlcera en el estómago. ¡Bendita soledad! Ya llegaba jadeando. <<Que se prepare…>>. No era el muchacho.

     -¿El señor Ontiveros?

     -Sí, así me llamo. ¿Qué desea?

     -Traigo una carta para usted. Tiene que firmarme este recibo. Tenga.

     -Eh…, gracias. ¿Está seguro de que es para mí? ¿Rodrigo Ontiveros, con uve?

     -Léalo usted mismo. Ahí, en el sobre.

     -Sí, ya veo… ¿Y el remite? ¿Por qué no hay remite?

     -Bueno, eso yo no puedo decírselo. ¿El recibo?

     -Ya, sí, el recibo. Aquí tiene. Gracias.

     -Adiós, buenos días.

     <<¿Correspondencia para mí? Qué extraño. No recibo cartas desde que inverné en este pueblo. No puede ser una confusión; mi nombre está escrito al completo. Pero entonces… ¿Quién me cartea a estas alturas de la vida? ¿Acaso he dado yo a alguien mi dirección? Sólo podría ser… No. Es imposible… ¿Entonces? Detesto la gente que olvida el remite>>.

     <<No la abriré; puede ser peligroso. Un delincuente o un resentido. Quizá sea una broma pesada de algún vecino del pueblo. ¡Eso es! Siempre tan aburridos… Algún día me tenía que tocar a mí ser el hazmerreír de los “murcianicos”. Hoy, veintitrés de agosto, un día de perros acompañado de unas graciosas letras. Mejor hubiera sido dormir y dejar pasar las horas hasta las ocho y media de mañana>>.

     <<Pensándolo bien, ¿y si fuera un informe de la policía en el que me llaman a juicio acusado de secuestro u homicidio? ¡Por favor, no! Yo no he hecho nada, soy inocente… Imposible, absolutamente imposible. Rodrigo, hijo, qué cosas tienes; parece mentira, a tu edad…>>

     << ¡Ya está! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Es un aviso del alcalde o de su mujer, Mariana, para invitarme a colaborar en la tómbola de la parroquia, como cada año. Vamos, que no pienso pagar un duro, vaya. No tengo ni veinte pesetas para comprarme un ventilador y voy a malgastar los céntimos en tómbolas... Lo de malgastar es un decir, que es por una buena causa, hombre. No, hay que ahorrar. Lo primero es lo primero. ¡Qué fresquito con mi ventilador…!>>

     <<Pero, ¿qué clase de sandez es esa de la tómbola? ¿Acaso no sé, de sobra, que en los treinta y siete años que he vivido aquí jamás han organizado una rifa? En qué estaría pensando>>.

     << ¡No! Otra vez los sudores. ¡Qué mal trago! Ya no se me ocurre quién ha podido escribirme ni por qué. ¿Qué puedo hacer?>>

     <<Bueno, sólo es una carta. No te agobies, que te conozco y luego vienen los disgustos del estrés. La única solución que se me ocurre es abrir el sobre. No pasará nada. Tranquilo, respira… Cojo el abrecartas, introduzco el filo por el lateral y saco la carta. Bien, es una cuartilla color vainilla escrita a mano. Un momento, ¡reconozco esta grafía!>>

     “Querido Rodrigo:

     Recibe mi más sincera felicitación en el día de tu onomástica. Espero que no sea tarde y me recuerdes aún. Sé feliz en este momento tan especial. He tardado mucho en dar contigo. Olvidaste el remite en tus cartas por Año Nuevo. Adjunto te envío un billete de tren para mañana a la una. Sé puntual. Con todo mi cariño:

     Isabel”

     Rodrigo dejó caer lentamente la carta. Las lágrimas le nublaban la vista y corrían apresuradas por entre su barba. La garganta se le agarrotaba y le asomaba una sonrisa. Eran muchos años de angustia contenida y de soledad, muchos años esperando esa contestación, anhelando aquel billete de vuelta.

     Siete minutos después del cartero, llegó el chico de los periódicos. Aquel día, por primera vez, ni miró los titulares. Su colección quedaría incompleta, pero, a la vez, más completa que nunca. Ya no seguiría recortando papeles. ¿Por qué? Eso es ya otra historia.

     A la mañana siguiente, los setenta y seis años de Rodrigo Ontiveros eran setenta y siete en arrugas y siete en alma. Se levantó a las ocho y media en punto. Cubierto con su batín, desayunó como cada mañana en el porche, esperando la prensa acostumbrada, esta vez sin su compañera Soledad.

     Tres horas más tarde, salía Rodrigo con su maleta de cuero, su sombrero de paja, un puñado de pesetas y la caja de puros habanos aún sin abrir. Colocó un letrero en la entrada de La Almadraba que decía “Se vende”. Cerró tras de sí y se dirigió a la estación de ferrocarril sin ser visto por doña Mariana y su cortejo. Antes pasó por la vieja capilla para musitar una oración en acción de gracias.

 

 
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