7ª Edición  |  Curso 2010-2011    
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El Cubo de Rubik
Desiree Arocas, 14 años
Colegio IALE (Valencia)

    

Ante la multitud padece invisible, ausente.
Sus ojos perdidos, en lo más profundo
de su alma, dibujan una posibilidad.
Una caricia cercana aliviaría el dolor de sus entrañas,
pero cualquier humano se presenta lejano, casi
extraterrestre.

 

Y cada día las mismas palabras resuenan en su cabeza. Cada día, otra vez, el mismo ritual, vagando por las calles sin rumbo aparente, bajo el cielo azul y el contraste de olores penetrables, tan penetrables en su nariz que conforman formas y colores de aquello que su mente sólo puede intuir. Nada está permitido para él; todo queda lejos de su clase, de su casta, de su burbuja inaccesible.

Es un intocable, ser despreciable que no se puede mezclar con el resto de la especie humana por estar estigmatizado. Su prisión es su casta, su futuro su casa de madera podrida y, más allá, nada. Sólo soledad en estado latente, sólo ver pasar los días dedicado a los trabajos que su desafortunado nacimiento le obliga: recoger basura, excrementos, deshechos de una sociedad de la que forma parte como escoria que sólo se diferencia de los animales por la particularidad de tener alma, o algo parecido al alma.

Y de ahí que el intocable, sin dejar de ser niño, se despierta un día más al romper el alba para pasar el resto de las horas recogiendo lo que otros consideran basura. Cubierto por un pantalón y una camiseta rota, avanza hacia su lugar de trabajo preso de una tristeza infinita. Nada cambia, todo sigue igual, nada es variable: la misma chabola, los mismos niños intocables, la misma casta…

Pero ese día encontró entre las toneladas de basura algo completamente desconocido, un tesoro, un objeto cuadrado con una variedad de colores bellos a sus ojos. ¿Se trataba de un juguete, de un aparato?... ¿Para qué serviría?... ¿Por qué alguien había querido deshacerse de él?... Todas estas preguntas se mezclaban en su mente. No sabía qué era aquel objeto; sí sabía que iba a ser suyo para siempre.

El resto de la tarde lo dedicó a investigar las posibilidades de aquel trozo de plástico. Lo tocó, lo giró y lo manipuló hasta que se dio cuenta de que cada una de sus caras se movía en un intento de armonizar los colores. Parecía que, de una forma u otra, el objeto pretendía convertirse en un cuadrado con un lado de cada color.

Para cualquier niño, identificar aquel objeto hubiese sido muy sencillo. Para un intocable, es imposible conocer qué es y para qué sirve el Cubo de Rubik.

El niño lo fue manipulando cada día, dispuesto a encontrarle una utilidad, con el fin de poder entender su funcionamiento. Aunque fue complicado, sólo tardó tres días en resolverlo, en poner una cara del cubo de cada color: blanco, rojo, verde, amarillo, negro y azul.

Sin estudios, logró completar lo que muchos no consiguen en años. Y siguió practicando el juego durante meses.

La fortuna quiso que, un buen día, lo que había creado se deshiciera en un abrir y cerrar de ojos, ya que quiso el destino que cerca de su chabola pasara una excursión de turistas europeos preocupados por los más pobres de la India. Este tipo de gente rica que paga inmensas fortunas para llegar al país para compadecerse de la pobreza de la gente mientras se alojan en fabulosos hoteles, regresan pensando en lo afortunados que son por haber nacido en un lugar del mundo en el que no existen las castas ni la pobreza.

Pero en el grupo había un hombre dispuesto a ayudar. No dejaba de observar el barrio y a los intocables: niños que corrían sin ropa, sucios, sin zapatos. Como si hubiese penetrado en una película en blanco y negro, a lo lejos descubrió un punto de color. Sorprendido, se separó del grupo para ver de qué se trataba. Y es que aquel era un objeto muy conocido para él. Le extrañó que lo estubiera manipulando un niño de la calle que, para su sorpresa, lo resolvía una vez a la velocidad de la luz.

No podía dejar aquel hallazgo de lado. Se apresuró en preguntarle dónde había aprendido a resolverlo. El niño sólo pudo esbozar una sonrisa y responder que en la calle y sin ayuda. Aquel hombre decidió que aquel niño merecía una oportunidad. Pero no pensó llevárselo sino quedarse junto a él y dedicarse a éste y otros niños necesitados.

Vendió todo lo que tenía y creó una escuela, la escuela de los intocables, a la que sólo podían acudir niños pertenecientes a esa casta, niños de la calle. Cada alumno que entraba recibía un regalo de bienvenida: un Cubo de Rubik.

Pasaron los años y aquel niño que vagaba por la basura estudió y se convirtió en uno de los profesores encargados de acoger a los niños de la calle y educarlos. Además, les empezó a ofrecer un hogar, pues la escuela creció y se convirtió en un lugar al que cada niño podía ir a comer y dormir, a aprender y sentirse querido.

 

 

 
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