7ª Edición  |  Curso 2010-2011    
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El príncipe verde
Helena Sánchez, 16 años
Colegio Pineda (Barcelona)

    

La primera vez que toqué un sapo fue durante unas colonias, en quinto de primaria. Hicimos un taller de reptiles y anfibios, en el cual nos mostraron una serie de bichos a cada cuál más repugnante, tales como salamandras, serpientes, ranas y lagartos. Nos los iban pasando y nos daban instrucciones de cómo coger al animalito en cuestión sin que se escapara o le hiciéramos daño. Fuimos la mar de obedientes.

Entonces llegó el turno del sapo. Era un anfibio de tamaño mediano, según la monitora, una criatura redonda, fofa y enorme para quienes la observábamos desde una distancia prudente. Lo fueron pasando de mano en mano, y algunos los recogían con asco y otros con indiferencia. Yo veía, cada vez más aterrorizada, como aquel bicho que parecía un globo con patas lleno de bultos se iba acercando a mí y me miraba a través de los dedos de mis compañeros, como diciéndome: «falta poco para que no tengas más remedio que cogerme».

Temía que, cuando lo tuviera entre las manos, el animal explotara, hiciera sus necesidades, me tocara con su lengua viscosa o me pringara con algún líquido asqueroso. Recordé entonces una vez que mi primo y yo cazamos saltamontes. Él atrapó uno con tanto ímpetu, que le reventó la cabeza hasta convertirla en una horripilante burbuja marrón.

El momento llegó y tuve que coger al escurridizo sapo. Su tacto me sorprendió: estaba húmedo y suave, a pesar de que su piel verrugosa me había hecho pensar que sería áspero. Me reí, pues aquel animal aparentaba ser un tipo duro cuando lo que tenía era un buen corazón. Lo acaricié delicadamente con un dedo y le sonreí mientras le susurraba cosas bonitas. De pronto me parecía tan mono…

Entonces vino a mi cabeza una idea, que en ese momento no me pareció tan disparatada como lo serían sus consecuencias. «Si le doy un beso..., ¿se convertirá en príncipe?». La curiosidad me carcomía por dentro y el pequeño batracio me miraba como sonriendo. Cuando me pareció ver que me guiñaba un ojo, me decidí.

Miré a mi alrededor. Nadie parecía reclamar a mi nuevo amigo: mis compañeros estaban distraídos con otros reptiles. Así que abrí un poco las manos para que el príncipe tuviera espacio cuando se transformara, y le acerqué los labios lentamente.

Él había fijado sus ojos en los míos y me miraba, instándome a que siguiera.

Estaba muy cerca, y entonces… Lo besé.

Acto seguido, el sapo desapareció.

Creí que iba a ver realizadas mis ilusiones infantiles, así que nada podría haberme preparado para lo que mis ojos vieron en el interior de aquella caseta de madera: el sapo traicionero había saltado una distancia récord hasta una vitrina en la que se deslizaban unas cuantas serpientes. Todo ocurrió a cámara lenta, como si estuviéramos dentro de una película: el terrario cayó al suelo y, con la fuerza del impacto, los largos y delgados reptiles salieron para explorar el mundo exterior. Aunque el monitor antes nos había explicado que aquellas culebras no eran venenosas, la histeria cundió por la habitación. La mayoría de los niños se habían encaramado a las mesas, olvidándose de los animalitos que sujetaban en ese momento, a los que dejaron escapar. Yo, incapaz de moverme, con las manos aún extendidas y los labios húmedos en medio de un mar de gritos, tan sólo fui capaz de pensar: «este príncipe no es como los de los cuentos».

 
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