7ª Edición  |  Curso 2010-2011    
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Calle Gloria, número 9
Lola Botija, 17 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

    

En la calle Gloria, número 9, Amanda riega como cada día sus geranios. En el primer piso del destartalado edificio es importante guardar las apariencias. Amanda es de esas personas de las que puedes morir sin saber cómo es. Sus ventanas que dan a la calle están siempre abiertas, y no sólo para que entre el frescor de la calle sino las conversaciones que merezcan su atención.

Pero no es la única habitante del complejo vecinal. En el segundo vive Claudia, una prejubilada profesora de francés que cuenta los días para dejar de aparecer por el colegio. Está soltera pero no vive sola, le acompaña su loro Polo, que trae de cabeza a los habitantes del tercero: Diego y Tomás, dos estudiantes de Derecho que viven entre cúmulos de latas de cerveza y envoltorios de comida preparada y que tienen, aún con el plástico y sin estrenar, la mesa de estudio.

En el cuarto viven Teresa y su marido Pepón, un matrimonio con dos hijas un tanto repelentes, Pepón es camionero y rara vez lo encuentras en casa, por lo que Teresa ha desarrollado un desconocido talento: hablar sin descanso durante horas.

En el quinto, Agustín, un artista liberal que se pasa el día con la música muy alta al tiempo que baila y tira pequeñas bolsas de pintura contra los lienzos para expresar su arte.

Esta variopinta comunidad de vecinos es afable y tranquila. Sin embargo, cuando se encuentran en el portal, el ascensor o las escaleras nunca mencionan -de hecho evitan hablar de ella- a Marian, una mujer menuda con la cara demacrada y asombrosamente blanca. Vive en un pequeño apartamento, en el bajo, aquel que antes ocupaba el portero y que ahora los propietarios se lo han alquilado por un módico precio. Marian apenas sale y casi no habla con nadie. Tampoco nadie le dirige la palabra. Está casada con Ramón y tienen un hijo de seis años, Carlos, que es diminuto y delgadísimo y siempre camina con la cabeza gacha y el flequillo cubriéndole la cara.

A Marian la ignoran porque, cuando cae la noche y el edificio se sume en silencios, comienzan sus llantos acompañados de fuertes golpes, insultos, portazos, amenazas y bofetadas que dejan helada a la vencidad.

Mas nadie dice nada al respecto, un miedo irracional y tonto les paraliza, todos hacen caso omiso al tema mientras ven como Marian se va volviendo cada vez más amoratadas y rota por las brechas y señales de luchas.

En conclusión, y aunque pudiera no parecerlo, el edificio de viviendas de la calle Gloria, número 9, no es un lugar sin problemas. De hecho tienen un problema muy grave. Pero, como suele pasar, los habitantes lo han tapado porque a ninguno le interesa mostrarlo. Prefieren guardar las apariencias. Piensan que el tiempo terminará por callar los gritos de Marian.

 
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