7ª Edición  |  Curso 2010-2011    
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El músico invisible
Lucía Conde, 15 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

    

La gélida brisa matinal se colaba entre las prendas, clavándose en su piel y tratando de sacarle algún suspiro. Joshua se atusó la bufanda y se caló la gorra hasta las orejas, tratando de evadir aquel frío invernal.

Cuando llegó a la estación, cerró la puerta acristalada tras de sí y se sacudió la nieve de su cazadora. Agradeció la agradable temperatura del edificio; tenía los dedos tan agarrotados que le habría resultado imposible deslizarlos con facilidad por el mástil del violín.

Buscó un punto estratégico, colocó el estuche sobre el embaldosado y sacó el instrumento. Nadie parecía reparar en su persona. Era un simple músico callejero, en un día más, en una estación de metro cualquiera.

Procedió a realizar unas sencillas escalas de calentamiento para revisar la afinación del instrumento y para acostumbrar a sus manos al ir y venir que marcaban los pentagramas. Acto seguido, inició su desapercibido concierto.

Veía a la gente pasar, alterada, como si la vida fuera una carrera contrarreloj. Una mujer lanzó un dólar a sus pies sin molestarse en dirigirle una mirada.

Después de unos minutos, creyó percibir con el rabillo del ojo a una joven que se apoyaba contra una columna. ¡Se había detenido a escucharle! Trató de tejer un hilo entre ella y su música, atraparla en la atmósfera que manaba de su violín, pero la conexión se rompió antes de tiempo: la chica se unió a la masa de observadores del reloj y salió del andén.

Le llamaban la atención los niños. Todos los pequeños que pasaban ante él sabían romper las barreras acústicas que los adultos parecían haber creado alrededor de Joshua y su instrumento. Algunos incluso se sentaban con las piernas cruzadas y se dejaban hipnotizar por las dulces melodías de Bach. Pero sus padres no tardaban en llevárselos, incluso arrastrándolos por el brazo. Les prohibían adentrarse en un mundo ajeno a su realidad material.

Ya llevaba cuarenta y cinco minutos de concertino. Decidió poner fin a su interpretación con una de las melodías más complejas de su repertorio. Nadie pareció apreciar la diferencia.

Alargó la última nota, confiriéndole ese toque de tensión antes del silencio. Cuando las cuerdas callaron, se imaginó al público que abarrotaba el más grande de los teatros, aplaudiendo con la emoción que provoca el éxtasis. Un público como el que le había recibido el día anterior.

Su trabajo había terminado. Mientras guardaba el violín, un Stradivarius valorado en varios millones de dólares, se vio reflejado en la pared. No era un espejo el que reproducía su imagen. Era un enorme cartel en blanco y negro que reproducía su fotografía, aunque apareciera con un aspecto distinto: un cuidado frack en vez de los vaqueros y la sudadera. Señalaba la fecha de su último recital e instaba a los viandantes a reservar rápidamente las entradas.

Recogió los treinta y dos dólares que había recaudado. Era una cantidad insignificante comparada con los cien dólares que había tenido que pagar cada espectador de su concierto en el teatro de Washington. No pudo evitar que una sonrisa divertida asomara por la comisura de su boca.

Joshua Bell cogió el estuche, se levantó y apoyó la palma de la mano sobre el frío cristal de la puerta. Había olvidado el temporal que le esperaba fuera. Volvió a colocarse la gorra y salió de la estación. Su silueta se recortaba contra el blanco invernal.

Nadie notó su marcha.

 

 
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