7ª Edición  |  Curso 2010-2011    
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Segunda primera cita
Marta Rojo Cervera, 16 años
Colegio IALE (Valencia)

    

Cuando Alicia despertó, a eso de las siete, Carlos no dormía a su lado. Mientras se desperezaba, tomó consciencia del aplastante silencio que invadía los escasos sesenta metros cuadrados del apartamento.

-Madre mía… -no pudo evitar musitar tras recordar la pelea de la noche anterior.

En su mente fueron tomando forma los gritos, el llanto y las palabras que desearía no haber pronunciado. Frente a esos sombríos recuerdos, otro amenazaba con imponerse: el motivo de la discusión.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero hizo un esfuerzo y respiró hondo. Ya habría tiempo para eso. Al fin y al cabo, el tiempo libre era algo que les sobraba a ambos. Antes tenía que poner en orden tanto sus ideas como el deprimente pisito.

Su marido abrió la puerta de la casa alrededor de las diez, intentando no hacer ruido.

-Estoy despierta –escuchó a su mujer, que seguía enfurecida–. Toma. Así, al menos, harás algo de provecho.

Le lanzó una escoba a las manos.

-Cariño, espera... Respecto a lo que pasó ayer…

-Cállate, Carlos. Me quedó todo bien claro, gracias a tu… brillante y calmada exposición de los hechos –ironizó –. Sí, pude entender que no tienes ni un ápice de culpa de que estemos arruinados, porque, ¿en dónde está la relación entre que no podamos pagar el alquiler y que te hayan despedido? Uy, no sé…

-Alicia, por favor…

-Lo único que te pido es que tú, con tu título universitario y tu deslumbrante currículum, empieces a buscar trabajo, como lo llevo haciendo yo desde hace seis meses sin quejarme.

-Claro que buscaré un trabajo –intervino su marido. Alicia guardó silencio–. Lo único que te pedí era que esperaras un par de semanas.

-Hombre, claro, tengo todo el tiempo del mundo. –Saltó, cruzándose de brazos–. Y mientras tanto, nos van cortando la luz y embargando los muebles. O yo no te entiendo a ti o eres tú el que no entiendes lo que sucede.

Carlos se acercó a ella por detrás y la abrazó, no sin que opusiera resistencia. Finalmente, Alicia apoyó la cabeza en su hombro y empezó a llorar. Su marido, imperturbable, sonreía.

-Vamos, Ali. Tenemos suficiente de momento. Podremos resistir un poco más. Sé que saldremos de esta, solo tenemos que seguir intentándolo y estar juntos.

-No es justo –rebatió, aún rabiosa y llorosa– que tengamos que seguir intentándolo solo cuando a ti te venga bien. I

-Dame dos semanas, cariño. Solo dos semanas más.

Con una sonrisa que se a Alicia se le antojó sumamente irritante, Carlos dejó a su esposa ceñuda en el sofá y volvió a salir por la puerta.

Murmurando, cogió la escoba y comenzó a barrer frenéticamente. Después ocupó como pudo el día, apartando de su imaginación los números rojos y la nevera vacía. Cuando se disponía a salir a comprar, Carlos la llamó al móvil para citarle en un parque cercano. Parecía animado

Llegó al lugar indicado y, por enésima vez en ese día, los ojos se le llenaron de lágrimas. Era el lugar de su primera cita.

-¿De qué va todo esto? –le espetó en cuanto le vio sentado en un banco.

-Ahora cállate tú –le respondió él, con dulzura-. ¿Recuerdas la primera vez que salimos, cuando éramos unos chicos en la edad del pavo? Te prometí que algún día viviríamos juntos y, te guste o no, lo conseguí.

Alicia sonrió, a su pesar.

-Creo que no te has dado cuenta de que hoy hace diez años de ese... No sé cómo llamarlo… ¿Aniversario? En cualquier caso, feliz día, cariño.

Se abrazaron.

-Pero no entiendo.

Su marido sacó del bolsillo trasero de su pantalón un sobre doblado y se lo tendió. Ella lo abrió, temerosa y gritó de alegría y de horror a partes iguales.

-¡Estás loco! ¿Un viaje? ¿Billetes de avión? Explícame cómo vamos a pagarlo porque creo haberme perdido algo.

-Es sencillo. Lo pagaremos porque allí nos espera un trabajo. A los dos. No es una empresa grande, pero es fiable. Así que no es un viaje, sino el principio de una vida mejor.

Antes de acercar sus labios a los de su mujer, Carlos terminó diciendo:

-Tómatelo como una segunda primera cita.

 
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