7ª Edición  |  Curso 2010-2011    
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De Oratore
Nazaret Martín, 16 años
Colegio Alcazarén (Valladolid)

    

Estaba ante el discurso de su vida: debía convencer a toda una mesa de altos ejecutivos para que alguno de ellos comprase acciones de su empresa, por la que llevaba luchando toda la vida y que ahora le otorgaría su jubilación.

Miró a los presentes. Aún faltaban algunos por llegar, por lo que aún le restaban varios minutos. Salió afuera, dispuesto a ensayar.

Recordó los consejos que le habían dado para que todo saliese bien: “intenta no ponerte nervioso; no leas todo el tiempo mirando el papel -aunque ya sabía él que su memoria también tenía ganas de jubilarse-; intenta no temblar, imagínate que tu público está en ropa interior para que así puedas desdramatizar; no estés constantemente subiéndote las gafas...”

-¡Las gafas!

Se acababa de dar cuenta de que no tenía sus gafas. No estaban en su bolsillo ni tampoco en la mesa.

-Mercedes, ¿puede venir un momento, por favor?-dijo a través del telefonillo mientras le caía una gota de sudor por la sien.

Mercedes era su secretaria de toda la vida. Para él, era como la madre que perdió hacía ya años, la que debería de constar como codirectora de la compañía.

-¿Le gustaría ser la salvadora de la empresa, Mercedes?-dijo en cuanto llegó aquella mujer, haciendo una mueca.

-¿¡Perdón, don Pablo!?-se extrañó.

-Necesito que me haga un gran favor: ¿Me prestaría sus gafas? Las mías sufrieron una equivocación de chaqueta y...

-Su discurso, ¿no?- acertó ella- Pero, ¿usted sabe cómo son mis gafas, verdad?

-¡Estoy desesperado! Con que las letras del papel me resulten legibles, me basta.

-Lo que usted quiera... -finalizó sorprendida mientras iba a buscar sus lentes.

Los ejecutivos trajeados le observaban escrutadoramente. Él se presentó e introdujo ligeramente su proyecto. Estaba llegando la hora de empezar su discurso. Hizo el gesto que hacía todos los días para poder leer el periódico o revisar sus impresos. Pero esta vez se jugaba una sustanciosa jubilación.

Se puso las gafas y empezó a leer. No se atrevía a levantar la vista del papel: percibía que todos le miraban.

Cuando por fin acabó, con gran alivio se quitó aquellas glentes de pasta rosa chillón con una cadenita del mismo color. Miró a los fascinados empresarios a la vez que se le dibujaba, gradualmente, una sonrisa.

-Bonitas gafas, ¿verdad? ¡Y me van a juego con la corbata! -ironizó para romper la tensión-. Me las regaló mi mujer y claro...

-Le quedan muy... originales -corroboró uno de los asistentes de mayor edad.

Gracias a aquellas gafas y a pesar de su sentido del ridículo, don Pablo consiguió su meritoria jubilación y Mercedes un ramo de flores con una dedicatoria:

“no sé que haré sin usted. Quizás me compre unas gafas rosas”.

 
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