7ª Edición  |  Curso 2010-2011    
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Notas en la nevera
Nuria Jiménez, 15 años
La Vall (Barcelona)

    

El silencio fue el único en recibirla cuando abrió la puerta. El piso seguía tan vacío como cuando había salido aquélla mañana.

Al entrar en la cocina vio una nota en la nevera. Era de su madre. Le pedía que comprara varias cosas, que tenía el dinero en la encimera, que volvería para cenar y que, sobretodo, no se dejara las llaves. “Besos y abrazos, mamá”.

Se dejó caer en una silla con la mirada perdida. Desde que sus padres se separaron, su madre trabajaba a todas horas. Se iba muy temprano y volvía tarde a casa. Ella, con las salidas y el estudio, también se mantenía ocupada. Tenía la sensación de que se comunicaban a través de las notas en la nevera. Se le hizo un nudo en el estómago y empezaron a temblarle las piernas, como siempre que estaba preocupada; últimamente esa sensación se repetía con frecuencia. Respiró hondo y salió a la calle.

Sabía que su madre se preocupaba por ella, de que estuviera bien, no le faltara de nada y no tuviera muchos berrinches con los chicos ni con las amigas. Pero las reducidas charlas que mantenía al cenar cuando lo hacían juntas, no eran suficientes.

Habían pasado los meses y las notas en la nevera. En ellas, Katia le contaba cómo le había ido el examen, si le gustó la cena de la noche anterior, qué película televisaban el fin de semana, si necesitaba ir de compras o hacer algo juntas por la calle. Su madre se desvivía a preguntas, le encargaba la compra si ella no podía hacerla, le daba suerte con los exámenes y deseaba -tan ardientemente como su hija- tener más tiempo que compartir. Y que la quería. Siempre le decía que la quería mucho.

Un día una nota le advirtió que su madre estaba en el médico. Una revisión rutinaria, decía. Aunque a Katia le extrañó que su madre fuera al hospital, no le dio demasiada importancia.

Unas semanas después, hablaron de la enfermedad: tan cruel como inesperada, el cáncer había aparecido en sus vidas. Fue una amarga bola de dolor que Katia no podía escupir, pero que tampoco podía retener en la boca: debía aprender a tragársela.

Tras la operación, su madre estaba cansada, triste y débil. Katia pasaba mucho más tiempo con su padre. Las madres de sus amigas la ayudaban en lo que podían.

No cesaba de transmitirle ánimos, luz y esperanza. Pensaba en lo que harían juntas cuándo se curara, porque tenía mucha fe en que se pondría bien. Le contaba casos de mujeres que superaron el tumor. Su madre asentía, sonriendo débilmente.
Las notas en la nevera no se habían terminado. Seguían contándose sus cosas por escrito, como antes. Pero no podían ignorar la realidad.

Un día su madre le dijo:

-Katia, hoy tenemos que ir al hospital los tres: papá, tú y yo. Es hora de hacer frente a la verdad, cariño.

Pocos meses más tarde, murió.

Katia vivía en una nube. Cayó en la cuenta de que casi no había conocido a la persona que la trajo al mundo. Desconocía los pasajes de su adolescencia, cómo conoció a su padre o por qué razones se separaron.

Antes de marcharse a vivir con él, anduvo por la casa por última vez. Al ver la nevera (lisa, blanca y vacía) tomó una foto de su madre y no pudo contener las lágrimas.

Fue a pasear al río y dejó que la corriente se llevara la llave de la casa dónde había crecido. <<Un día>>, pensó, <<también dejaré que el río se lleve tu foto. De momento, será el último recuerdo>>.

 

 
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