8ª Edición  |  Curso 2011-2012    
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La fuerza de Dorienne
Beatriz Luque, 17 años
Colegio Senara (Madrid)

    

Septiembre de 1914, Francia

Aunque comenzaba a amenazar el frío, el sol hacía brillar las calles de París. A pesar de las tempranas horas, ya había gentío paseando y comprando. Lo que durante la noche eran avenidas oscuras, rezumaba vitalidad a plena luz del día. Henry sabía que aquellos paseantes eran muy diferentes a él, pues sabía lo que estaba a punto de ocurrir.

Henry Jordan Reymont era soldado del ejército de la Gran Bretaña, de tan sólo veinticuatro años, que se había alistado por patriotismo para luchar en lo que ya se comenzaba a nombrar como “La Gran Guerra”.

Cuando Henry se había despertado esa mañana, el coronel entró en el cuartel avisando que seiscientos taxis, mandados por el general francés Joseph Gallieni, esperaban para que seis mil soldados británicos subieran en ellos y ayudaran a las tropas francesas a luchar contra Alemania.

El padre de Henry fue soldado con su edad. Se sentía orgulloso de que su único hijo varón siguiera sus pasos. Eso le provocó a su hijo el orgullo de defender su bandera, pero su madre le bajó los humos al rogarle que se cuidara de no caer herido.

Mientras el taxi se acercaba al campo de batalla, las palabras de su padre le resonaban en la cabeza: “Si es preciso, muere por Gran Bretaña”. Cuando firmó los papeles que le convertían en soldado, lo último que imaginó fue que pudiera morir. Sin embargo, ahora que se acercaba su primera batalla tenía presente ese pensamiento más que en ningún otro momento. ¿Y si moría? Su vida terminaría para siempre. ¿Qué pasaría cuándo su corazón dejara de latir? Las dudas asaltaron su mente como miles de metralletas matándole desde dentro. ¿Estaba seguro de querer morir por Gran Bretaña?...

Seguramente estaban cerca de Marne. Le rodeaban pequeñas casas con huertos. La última casa que vio era la más pequeña de todas. En la parte de arriba, vagamente, pudo ver la figura de una niña asomada a una ventana, con la cabeza apoyada en sus pequeñas manos y la mirada perdida, como si soñara despierta. Henry sonrió tranquilo y pensó. <<Mi vida por la suya>>. Así, animado, miró a sus compañeros y se unió a la conversación que mantenían sobre Bélgica y Luxemburgo, que ya habían sido atacados por Alemania.

Dorienne era una niña francesa de diez años, hija de unos campesinos y con cuatro hermanos. Ella era la pequeña. Toda su vida había estado rodeada de hortalizas, árboles y animales de granja. Su padre llevaba ya algunos meses trabajando fuera. Cuando le preguntaba a su madre sobre él, ella siempre sonreía con una tenue mirada melancólica y le decía la misma frase: <<Está luchando por nuestro futuro>>. Su mente inocente pensaba que se encontraba de negocios con las hortalizas que habían cosechada durante los últimos meses.

Una mañana se asomó a la ventana y vio una hilera larguísima de taxis en dirección a Marne. En el primero de ellos distinguió a un chico con una chaqueta de manchas verdes.

El corazón de Henry se aceleró cuando su taxi se detuvo. Había llegado el momento... Se colocó el cinturón donde tenía el cargamento, medicinas y la cantimplora, entre otras cosas, y agarró fuertemente su arma, hasta que las yemas de los dedos se le pusieron blancas.

La adrenalina comenzó a inundarle cuando disparó hacía los enemigos. Había más soldados británicos de lo que él esperaba y todos luchaban por el mismo.

En el transcurso de la batalla, Henry se entregó en busca de la victoria: disparó, lanzó granadas y ayudó a sus compañeros heridos.

La batalla duró tres días. Los alemanes eran pocos, estaban cansados y sus municiones apunto estaban de agotarse. El diez de septiembre la victoria fue para los aliados. Mientras recogían los restos de la refriega, Henry se topó con un soldado que parecía tener problemas al recoger una trinchera. Se le acercó, dispuesto a ayudarle.

-¿Necesita ayuda, señor? –preguntó Henry.

El hombre le miró y le sonrió levemente.

-No me vendría mal, chico. Estoy demasiado viejo para esto -. Tras unos segundos en silencio, prosiguió-: ¿Eres inglés?

-En efecto, señor. Me alisté hace poco más de un mes.

-Hiciste bien. Siento mucho respeto por los jóvenes soldados.

-Debo reconocer que, al principio, estaba un poco asustado, pero ahora que he librado mi primera batalla y que hemos vencido, me siento más seguro. Sinceramente, cuando venía hacia aquí en el taxi, preferí estar en mi hogar.

-¿Sabes lo que a mí me da fuerzas para seguir adelante, chico? Pensar en mi familia –añadió el hombre-. Sobretodo cuando pienso en la menor de mis hijos, Dorienne. Sólo tiene diez años y su pequeña voz viene a mi mente, como diciéndome que está orgullosa de mí y que me necesita.

Henry pensó en el rostro que había visto en una de esas casas cercanas y sonrió para sí mismo. Aunque no conocía a Dorienne, esa niña podría ser una como la hija del soldado que tenía en frente, con un futuro por delante que dependía de ellos. Si al principio pensaba que luchaba por su país, ahora se daba cuenta de que no defendía una porción de tierra sino aquello que ocupaba dicho lugar: sus gentes, sus calles, sus costumbres…

-Me llamo Henry, señor –dijo elevando una mano en señal de saludo.

-Puedes llamarme Gaizka –Contestó el hombre uniendo su mano a la del inglés.

 

Mayo de 1915, Francia.

En la casa de Dorienne se encontraban todos los hermanos alrededor de la mesa del comedor, atentos al sobre que abría su madre con manos temblorosas. Era una carta redactada a puño y letra:

<<Noviembre de 1914.

Muy querida familia.

Soy Giaizka, vuestro padre. A fecha de hoy estoy bien. No quiero que os preocupéis por mí. Por aquí todo sigue igual, ya sabéis: trincheras, trincheras y más trincheras. Los soldados no hacemos más que esperar a que alguna potencia actúe y este horror acabe. Hace mucho frío y todo está nevado. Aunque hoy luce un sol espléndido, es un día gris para mí. Un amigo mío, casi un hijo para mí, ha caído en el frente. Me habría encantado que le conocierais. Era joven y fuerte. Inglés. Quiero que recéis por él, Henry Jordan Reymont.

Os quiero mucho.

Giaizka>>.

 

 
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