8ª Edición  |  Curso 2011-2012    
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El actor con cara de malo
Juan Carlos Pardo Lázaro, 15 años
Colegio Iale (Valencia)

    

-¡Estoy harto! Me siento viejo y no quiero seguir haciendo de malo.

-Fernando, ¡a rodar!

Fernando resopló y se incorporó haciendo gestos de desaprobación.

Hora y media después llegó a su camerino, abrió el minibar y se bebió una copa de coñac.

-Lo dejo. -Dio un golpe sobre la mesa-. Quiero ser algo más en esta vida que un triste actor con cara de malo.

-¿Qué te pasa? -le gritó Antonio desde el otro lado del pasillo.

Fernando levantó la cabeza y comentó lo que pensaba.

-¿Tú estás loco?... No sabes hacer otra cosa; actuar es tu vida, la razón por la que te levantas cada mañana. Si lo dejas, estarás perdido.

-No tengo fuerzas para seguir. Cada día estoy más cansado y no me gusta hacer de malo. ¿Tan difícil es comprenderlo? Voy andando por la calle y la gente me mira mal, no se fían de mí, creen que soy un ladrón, un asesino o algo peor. Para seguir en esta situación, lo mejor es abandonar. De esta manera podré encontrar paz en el alma.

-Como productor de esta serie y como amigo tuyo, te prohíbo que abandones el rodaje o que dejes de actuar. Deja de decir estupideces; vales mucho – Antonio habló con eguridad.

-Si dijeras la verdad, no debería de tener ningún problema para hacer otros papeles. Actores con cara de malos hay muchos. Seguro que encuentras facilmente a alguien que reúna mis características.

Mientras Fernando hablaba, Antonio frunció el ceño. Si Fernando dejaba el rodaje, todo se iría al traste.

Antonio empezó a tamborilear la pared del camerino.

-Compréndelo -dijo Fernando-. Si soy un buen actor, hacer siempre de mala persona eclipsa mi talento.

A Fernando le gustaba la fiesta, el alcohol y el póker. Día si día también se dejaba ver por el casino. Tenía una gran deuda con la caja de aquel tugurio. Cuando esa noche fue a sentarse en la mesa de juego, un guardaespaldas trajeado de negro y con gafas de sol le advirtió:

-El Ruso quiere verte.

Fernando le siguió entre los pasillos y subió unas escaleras de madera.

-Espera aquí.

En unos pocos minutos le hizo pasar. Era un lugar suntuoso. Al fondo de la habitación se encontraba el mafioso, con traje azul marino y una corbata roja.

-Me debes mucho dinero, Fernando, y sé que apenas tienes liquidez. ¿Cómo se te ocurre abandonar tu única fuente de ingresos? ¿Has pensado acaso lo que vas a hacer? -le dijo en un tono desafiante-. Tú sabrás; cada uno hace con su dinero lo que quiere, pero tú te estás jugando con unas cifras que no son tuyas y, encima, vas a echarlo todo a perder.

-Lleguemos a un acuerdo -habló el actor-. Si convencieras a Antonio para que cambie el rol de mi personaje, de tal forma que deje de ser cruel, podré saldar toda la deuda que tengo contigo.

-Las cosas no son tan fáciles ni mi paciencia es infinita. Quiero mi dinero. Si he llegado hasta aquí es porque no me he dejado embaucar por gente como tú.

-Compréndeme...

-Sé que tu carrera no está pasando por el mejor momento, pero es lo que te da de comer

-Mañana te llamare- comentó pensativo.

Al día siguiente, después de una noche de pensamientos tortuosos, Fernando se levantó de la cama y telefoneó a Antonio.

-Continuo el rodaje- dijo.

-Me alegra que entres en razón. A las tres te espero en el estudio. Por cierto dejó un impás de silencio-, he hablado con el guionista. Dentro de diez capítulos se demuestra tu inocencia. Cambiaremos tu imagen por completo.

-¡Gracias!. He aprendido que tirando la toalla no conseguiré nunca nada.

Fernando logró ser el bueno de la serie por primera vez, y saldó su cuenta con El Ruso. Ah, y no volvió a endeudarse para seguir jugando al póker.

 
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