8ª Edición  |  Curso 2011-2012    
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El día mágico
María Gratacós 15 años
Colegio Canigó (Barcelona)

    

Me llamo Trisa Serrano. Tengo dieciséis años y hace cinco que me diagnosticaron un cáncer mortal. Esta es mi historia:

En aquel entonces, yo tenía once años. Me acuerdo como si fuera ayer.

-Alejandra, ¡baja a desayunar! -. Mi madre era la única que tenía la autoridad suficiente para sacar a mi hermana de la cama. Era un año menor que yo, pero todo el mundo nos confundía, como si fuésemos gemelas.

Podimos oír los pasos de Alejandra en el piso superior, yendo de su habitación al baño. Pocos minutos después, bajaba con su uniforme del colegio, el pelo rubio recogido en un moño mal peinado y su habitual cara de sueño en esas horas de la mañana.

Se sentó cansinamente y empezó a remover con la cuchara su vaso de Colacao, con la vista fija en un punto impreciso del comedor.

De pronto, el teléfono interrumpió el silencioso desayuno con la llamada que cambiaría mi vida para siempre. Mi madre cogió el auricular y su cara lo dijo todo. Se trataba de los resultados de mis pruebas. Habían dado positivo.

Mis pensamientos vagaban ya lejos del comedor cuando mi madre colgó. Lejos de mi hermana que corría a abrazarme; lejos de mi madre que se rompía, incapaz de contener las lágrimas; lejos de mi padre, que intentaba contener a mi madre, pero también él con los ojos enrojecidos.

Mi mente debatía en ese momento acerca de la existencia de un Dios injusto. Ese fue mi primer pensamiento que tuve tras recibir la noticia de que me quedaban menos de dos años de vida.

Los siguientes meses fueron pruebas, angustia y lágrimas. Me trasladaron al hospital dos meses después de la llamada, pues mi enfermedad iba en aumento. Mi madre se aseguraba de que nunca me quedara sola y recuerdo los días que pasé con ella en el hospital, cuando su compañía era lo único que me animaba a no pasarme todo el día en la cama. Recuerdo despertarme en medio de la noche y encontrarla llorando en el sofá-cama azul en el que ella dormía.

Alejandra vino cada tarde durante los dos años que viví en el hospital. No falló ni uno. Me traía juegos, cartas, libros… Hacía todo lo posible para mantenerme distraída y hacerme olvidar tan difícil situación. Venía incluso cuando yo estaba dormida. Se quedaba a mi lado hasta que se le hacía tarde y tenía que volver a casa, aunque muchas veces nos quedábamos hablando hasta tan tarde que finalmente pasaba la noche a mi lado.
-Trisa, tienes que ser muy valiente -solía decirme antes de quedarse dormida sobre mi hombro.

Pero yo no soportaba tanto sufrimiento, tanta espera... ¿Esperar a qué? ¿A la muerte? Mis jornadas eran rutinarias y mi única alegría la traía Alejandra. Su sonrisa y sus ánimos podían convertir la triste habitación de hospital en un palacio, un barco de piratas… En cualquier escenario. Eran nuestras “Tardes Mágicas”. A Alejandra le encantaban.

En mayo de hace tres años empezaron a cambiar las cosas. Recuerdo bien el día en que un médico de bata blanca entró en mi habitación para decirle a mi madre que la suerte por fin nos sonreía. El médico le llama suerte; yo prefiero pensar que el mérito es de mi ángel de la guarda.

Nos informó de que si recibía un transplante de riñón, mi salud podría habilitarse. Aunque el otro me fallara con el tiempo, ese órgano nuevo me salvaría la vida. Al menos durante bastantes años.

La operación no era difícil, pero todo se complicó. Alejandra era la única persona compatible-. Sin embargo, no soportó la operación al que fue sometida.

En una ocasión Alejandra me dijo: “No debes vivir cada día como si fuera el último, sino como si fuera el primero, con la ilusión del comienzo.”

Mi sueño era sobrevivir. Mi sueño eran las tardes con Alejandra. Ahora mi sueño es vivir todas las aventuras y metas que Alejandra tenía por delante. Es mi misión, vivir cada día con la alegría y motivación del primero. Buscar la manera de hacer de cada jornada un “día mágico”.

 
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