9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Mi playa
Javier Taylor, 15 años
Colegio Tabladilla (Sevilla)

Todo el mundo sabe qué es una playa: sol, arena y mar. Además, dependiendo de los lugares, se pueden ir añadiendo chalets, rocas, urbanizaciones, etc. Pero no quiero hablas de las playas. Ni siquiera de una playa. Voy a hablar de mi playa. Por eso no me referiré tanto a la arena y al agua como a por qué es mi playa y lo que para mí significa.

En primer lugar, se llama “La Antilla”. Es una sencilla playa de Lepe, en Huelva. Así, a primera vista, no tiene nada de especial: el mar suele estar tranquilo y tirando a frío. La costa es larga pero no muy ancha, aunque sí lo suficiente para encontrar un lugar donde poner la toalla ya que no suele ir mucha gente. Detrás de la costa hay tres líneas de chalets y, detrás, los primeros edificios (no hay edificios feos, pegados unos a otros, sino blancos y espaciosos, con un aire a chalet, y a primera vista se hacen familiares).

Es mi playa porque cuando íbamos allí de vacaciones me sentía como en mi propia casa; es mi playa porque me la conozco de arriba abajo, como ella me conoce a mí, porque en ella he llorado, reído y soñado; he soñado tanto con ella que ahora me la imagino como un lugar mítico, casi irreal, al que solo puedo acercarme a través del recuerdo. Es mi playa, finalmente, porque en ella he vivido los mejores momentos de mi vida: mi infancia.

Muchas personas enlazan su infancia con un lugar determinado: un pueblo, una casa..., o, como yo, una playa. Por eso, conforme he ido creciendo, “mi playa” fue desapareciendo a la par que lo hacía mi infancia.

Ella sigue estando allí, con todas las cosas que recordaba: el sonido del afilador por las mañanas, las olas del día de Santiago, la tienda del “Oasis”, el “Bollo Loco”, la plaza de “los moros”... Incluso mis amigos siguen veraneando allí. Pero para mí ya nada es lo mismo, y no porque las cosas hayan cambiado (que en cierto modo, sí lo han hecho), sino porque el que ha cambiado he sido yo; ya no veo las cosas con los ojos con que las veía antes.

Mi infancia (y con ella “mi playa”) solo existe en mis recuerdos, pero una persona no puede consumirse en sus recuerdos, tiene que vivir el presente, mirando hacia adelante.

 
 
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