9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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El sentido del dolor
María Ariza, 15 años
Colegio Montealto (Madrid)

Pronto hará dos meses de esta cruz que Dios ha puesto en nuestro camino. Parece un tiempo eterno, durísimo, y a la vez parece que todo empezó ayer.

Me dijeron que el sufrimiento hace madurar. Pensé que era una tontería, que lo que madura son la experiencia y el saber, o los años, por ejemplo. Pero ahora sé que estaba equivocada, que el sufrimiento madura porque te hace crecer, te ayuda a darte cuenta de que otros también sufren, que hay que medir las palabras y no contar las sonrisas.

El dolor te hace sentir en propia piel lo que sufre el prójimo. Y al sentirlo, corres en su ayuda.

Durante estos meses, largos pero cortos, mucha gente ha demostrado su valía. Unos para lo malo y otros para lo bueno. Podría parecer que la enfermedad se limita al dolor, a la angustia, pero no, está en el día a día... El día en el que recibes la peor noticia que podrías esperar; el día en el que nace una esperanza; el día en el que operan a tu sobrino querido y lo tienen horas y más horas en un quirófano; el día en el que le ves con la cabeza vendada, casi sin fuerzas; el día en el que dice <<papá>> después de tantos meses; el día en el que se le cae el pelito; el día en el que recae; el día en el que te dan una nueva y triste noticia; el día en el que pierdes la esperanza; el día en el que la vuelves a encontrar; el día en el que empieza una rutina incomprendida de hospital; el día en el que no hay más hospital porque la enfermedad se ha complicado; el día en el que los nervios no te dejan hacer otra cosa sino llorar; el día en el que juegas con él y le haces disfrutar y reír; el día en el que descubres el sentido del sufrimiento; el día en el que descubres a Dios tras la enfermedad; el día en el que ríes; el día en el que no dejas de llorar; el día en el que disfrutas de la familia y te das cuenta del gozo de estar todos juntos; el día, el día, el día... Y todos estos sucesos en dos meses.

Ya no sé vivir sin amar, porque no sé si lo que más quiero en este mundo está a punto de dejarnos. Por eso, cuando estoy sola, lloro; y cuando me acuesto, no puedo dormir y me pongo a llorar de nuevo.

Sé que la vida sigue, día a día. Para querer y descubrir lo más importante. Si no sabes cuánto tiempo le queda… ¡dale todo el cariño que encuentres! Ese amor es más importante que estudiar y que ir al colegio.

Cuando uno sufre es cuando descubre lo que es y halla la manera de comprender a los demás. Hoy yo sigo mirando a ese niño, sin saber si le podré mirar mucho más tiempo. Y lloro por poder mirarle, por oír cómo dice <<Maia ven>> o <<Maia pupa>>... Por poder abrazarle y darle besos. ¡Qué suerte tengo! Muchas veces no nos damos cuenta! ¡Qué suerte poder abrazarle, mirarle...!

Dios mío, haz ver a los demás padres con hijos enfermos que Tú no castigas, que nos amas, que nos das lo mejor, que nos proteges siempre.

 
 
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