9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Devuélvemela
Ana Isabel Quineche, 16 años
Colegio Senara (Madrid)

<<Un día menos>>, pensó mientras se tiraba agotado en el sofá del salón.

Estaba dispuesto a coger el mando de la televisión para comenzar a pasar de un canal a otro, cuando un sobre blanco situado en la mesilla junto a su objetivo, llamó su atención.

Lo abrió, dispuesto a desvelar su contenido. Se trataba de un folio arrugado con un texto repleto de tachones y faltas de ortografía. Comprendió que no se le podía pedir más a una niña de siete años, pues la autora de la carta era su hija María. Solo le faltaba averiguar el destinatario...

Dio la vuelta al sobre y achicó los ojos para entender la letra infantil de su hija. En el instante en el que leyó aquel nombre, una oleada de sentimientos se apoderó de él: primero, enfado; después, ira; más tarde, envidia seguida de celos e insatisfacción, para terminar en un ardiente remordimiento.

Porque el destinatario era una persona a la que ambos –padre e hija- conocían muy bien.

Sin embargo, después de leer el contenido de la carta, la tristeza y la culpa se apoderaron por completo de él, enterrando los sentimientos anteriores.

Se trataba de una sencilla carta de reclamación. La niña pedía que le devolvieran lo que se le había arrebatado. Y el culpable de esa pérdida no era otro sino él, su padre.

Le había arrebatado algo en lo que ella tenía depositada todas sus ilusiones y esperanzas, sus alegrías y penas, todo lo que le animaba a crecer con alegría. Se trataba de aquello que deseaba ver nada más abrir los ojos, cada mañana; lo mismo por lo que los cerraba con paz cada noche. Era aquello en lo que sabía que podía confiar. Lo que jamás se le debería quitar a un niño.

El padre de la pequeña había considerado que al separarse de su mujer, había dado fin a los gritos, a las amenazas, a las peleas…, al miedo de su hija, en suma. Por eso se sorprendió de que le hubiera dejado semejante vacío, el mismo que él, por más que lo intentaba, no conseguía llenar.

 
 
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