9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Dolor de amor
Begoña Arístegui, 15 años
Colegio Ayalde (Vizcaya)

Empezaba a anochecer. En el centro del salón se encontraba Silvia. Por desgracia, sentía todo aquello que no debería padecer una chica a los dieciocho años: soledad, melancolía, amargura...

Tenía la mirada pérdida y solo era capaz de pensar en él. La cabeza estaba embotada por los recuerdos: cuando le daba de comer, cuando salían de paseo tomados de la mano para que no se sintiese solo…

Cuando se puso a llorar sonó el timbre. Se extrañó, porque llevaba varios días sin recibir visitas.

Al abrir la puerta sintió un escalofrió. Parpadeó, como si exigiera a sus ojos cerciorarse de que se encontraba ante algo real. Una mujer un tanto desarreglada le sonrió. A Silvia aquella cara le resultaba familiar, pero no conseguía recordar quién era. Junto a la mujer había un hombre, el culpable de su soledad.

-Buenas tardes – le saludó la mujer-. Soy Esther, la del 4 º B.

Silvia no le contestó porque se le acababa de hacer un nudo en la garganta.

-¿Se encuentra bien?

-Sí... Disculpe –le respondió con un hilo de voz.

-Pues entonces acabemos de una vez con esta historia -habló muy seria–. Le vi solo por el parque y pensé que se había perdido. Por eso decidí traérselo-.

Señalo con la mano al hombre, que tiritaba. Llevaba los pantalones cubiertos de barro.

La vecina continuó su perorata:

-Les había visto pasear juntos. Por eso me imaginé que se sentiría preocupada.

-Así es. La policía lleva dos días buscándole.

-Pues que pasen una buena tarde.

-Gracias respondió Silvia a modo de despedida.

Lo observó de arriba abajo para comprobar lo sucio y mojado que estaba. Le acarició el pelo y a las caricias siguió un abrazo. Al recostar la cabeza sobre su hombro, aspiró el olor inconfundible de su chaqueta y se le nubló la vista. Aquel olor la transportaba a recuerdos que se habían quedado en el olvido. De pronto se centró únicamente en uno, el más doloroso: cuando a su padre le diagnosticaron alzhéimer. A ella le costó asumirlo. Por esto motivo el hospital decidió, por el bien de los dos, ingresarle en una residencia.

Hacia dos días el personal de la residencia había informado Silvia y a los agentes policiales sobre la desaparición de Alfonso. Su padre, inconscientemente, se había escapado y, lo que era más sorprendente, había logrado llegar al portal de su casa.
Alfonso y Silvia seguían cruzándose las miradas. Miradas que solo un padre y una hija pueden comprender. Cuando Silvia le cogió de la mano, se dio cuenta de que él también lloraba.

 
 
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