9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Himno a la vida
Carla Carreira, 17 años
Colegio Ayalde (Vizcaya)

Pupilas dilatadas, temblores, escalofríos, respiración agitada, subida del ritmo cardiaco, piel de gallina, fiebre,… Era el síndrome de abstinencia.

Sólo podía pensar en conseguir otra dosis de oxicodona, aunque sabía que no le quedaba otra: debía soportar ese tormento por Naomi, su luz en medio de la oscura angustia, su compañera, su amiga, su mujer.

Trató de serenarse. Respirando hondo y pensando en su música, consiguió que los síntomas remitieran. Una vez superada la tormenta, llegó la calma.

Se levantó y se alejó de la esquina en la que había estado agazapado. Se pasó la mano por sus cabellos negros, húmedos por el sudor.

“¿Qué puedo hacer ahora?”, se preguntó paseando su mirada por la estancia.

Todas las habitaciones del centro de rehabilitación eran iguales: una cama, un escritorio, una ventana de guillotina y una mesilla de noche. Todo resultaba austero y aséptico.

Dio la casualidad de que su mujer le había dejado unos folios y un bolígrafo sobre el escritorio. Cuando Adam los vio, un resorte saltó en su cabeza: necesitaba descargar en una canción lo que había padecido desde que se introdujo en el mundo de las drogas.

En su mente comenzaron a danzar las palabras y a formarse los versos. Lo que quería expresar era tan intenso que los temblores y el sudor volvieron a incordiarle. Se sentó y cogió el bolígrafo con las manos; su letra era casi ilegible.

Las horas pasaron. El sol surgió triunfante y más dorado que nunca de entre los edificios, mientras Naomi caminaba con parsimonia hacia el centro de rehabilitación. En una mano llevaba una bolsa con mandarinas para Adam. Con una sonrisa de perlas y carmín cruzó el umbral de la puerta. No había nadie en la habitación. Sólo encontró una nota sobre la mesilla de noche:

“Tengo una sorpresa para ti. Dirígete a la recepción del ala Este.

Besos,

Adam.”

Se quedó preocupada, pues hacía varios días que él no se mostraba interesado por nada. Ver que algo lo ilusionaba de nuevo, hizo que las mariposas de su estómago levantasen el vuelo.

En cinco minutos llegó a la recepción. Sentado en un banco lo localizó, la cabeza llena de pelo negro como el ala de un cuervo y la guitarra entre los brazos.

-¡Por fin has llegado!

-Yo también me alegro de verte -contestó ella irónica. Le tendió una mandarina-. ¿Cuál es la sorpresa?

-No es momento para mandarinas. –Apartó la fruta con la mano-. Escucha atentamente...

Las notas brotaron poco a poco, como si las cuerdas despertasen de su letargo. La voz de Adam se introdujo bajo la piel de Naomi, a la que se le erizaron hasta los cabellos de la nuca. Nunca había escuchado un agradecimiento tan sincero al universo por seguir con vida.

 
 
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