9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Los patos de Quique
Carla Carreira, 17 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Quique, con los dedos pegajosos por el zumo de manzana, se dedicaba a manosear todas las rarezas expuestas en las estanterías.

-¡Quique, no toques esa mandíbula de tiburón! Te podrías pinchar -dijo con voz quejumbrosa desde su silla de ruedas.

-Vale -contestó el niño mientras arrastraba los pies para acercarse a su abuelo.- Oye, ¿puedo verlos otra vez?

-Claro que sí, Quique, ven conmigo -. Con el pequeño siguiéndole de cerca, el anciano impulsó poco a poco su silla a través del pasillo, hasta que llegaron a la primera puerta a la derecha-. Renacuajo, abre la puerta, que yo estoy muy viejo y cansado.
El chiquillo empujó con fuerza la manilla. Tenía muchas ganas de volver a tenerlos entre sus manos y de escuchar a su abuelo contándole el origen de cada uno de ellos.

Entraron en el cuartito. El abuelo tomó al primero de todos y se lo tendió a su nieto.

-Éste es el más antiguo. Lo hice para tu abuela, cuando nos casamos. Yo mismo lo tallé y lo pinté tan bien como pude, con los restos de pintura que tu bisabuelo guardaba en la cabaña. Es un Ánade Friso.

Una a una, le contó las historias de todos los patos de madera que había fabricado a lo largo de toda su vida. Terminó con el último, el que finalizó el mismo día del nacimiento de Quique.

Pasaron juntos toda la tarde, hasta que vino la madre de Quique y se lo llevó de vuelta a casa.

Pasaron los días: Quique acudía al colegio, merendaba, jugaba, hacía los deberes y, de vez en cuando, iba a casa de sus primos. Nada le hizo sospechar la tragedia.

Era martes. Faltaban dos días para visitar a su abuelo. Pero el anciano había fallecido aquella misma mañana. Cuando recibió la noticia, no reaccionó con violencia, ni siquiera lloró en ese momento. Se quedó callado.

El fin de semana, toda la familia se reunió en casa del abuelo. Llevaban ropas oscuras y caras largas. Quique, nada más llegar, corrió a la habitación de los patos de madera. Cogió tantos como le cupieron entre sus pequeños brazos y salió, como alma que lleva el diablo, hacia la laguna, atravesando cultivos de cereal.

Llegó a la orilla sin resuello. El llanto amenazaba asaltarlo. Entonces, uno a uno, fue lanzando las figuritas al agua mientras las lágrimas rodaban por su cara. Por encima de sus gemidos se elevaba el sonido de un aleteo y un salpicar del agua. Abrió los ojos de par en par: ya no eran de madera, eran de pluma y hueso.

 
 
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