9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Alas de imaginación subterránea
Inés Santos, 17 años
Colegio Pineda (Barcelona)

<<Cómo nos divertíamos…>> pienso mientras subo el escalón del metro.

Miro alrededor y veo decenas de rostros, vidas completamente diferentes entre sí. Y me sorprendo recordando con añoranza aquellos ratos que pasábamos mi hermano y yo en el metro, de camino al colegio. Por entonces yo era muy pequeña y él, para mí, muy mayor. En aquellos breves viajes que repetíamos dos veces al día, al principio siempre me ganaba el sueño o el cansancio, hasta que mi hermano me despertaba anunciando que ya habíamos llegado. Hasta que un día mi hermano, de camino de regreso a casa, empezó a observar a los pasajeros que entraban y salía del vagó.

-¿No te maravilla que haya tantas personas distintas? –me preguntó-. No les conocemos, así que tienen que llevar todo tipo de vida-. Le miré sin comprender. Él me explicó:- Por ejemplo, mira a ese hombre, al de gafas que va vestido tan elegante… ¿En qué trabajará…? ¿A dónde crees que puede ir…? ¿De dónde viene…?

Observé fijamente al hombre. Pensativa, le respondí:

-Seguro que trabaja en una empresa importante.

-O no… También puede estar de camino a una fiesta, o a impartir una conferencia, o a encontrarse con su novia… ¿Quién sabe?

Desde entonces, eran aquellas divertidas pesquisas a las que nos dedicábamos durante nuestros viajes en metro. Escogíamos a una persona y, por turno, íbamos fabricándole un mundo a la medida de su aspecto, hasta que se nos acababan las ideas. Entonces empezábamos a inventarnos situaciones esperpénticas: si aparecía un hombre en chándal, asegurábamos que venía de una boda; si nos cruzábamos con una mujer que calzaba tacones, iba de viaje para escalar una la montaña; un niño pequeño con la mochila en los hombros no podía ser sino un empleado nervioso por ser su primer día de trabajo en un comercio de gallinas que ponen huevos de oro; si era un bebé que lloraba, el llanto se debía a que no había estudiado suficientemente su tesis antes de defenderla ante el tribunal.

Aquellos trayectos se convirtieron en lo mejor de cada jornada.

Un frenazo me despierta de mi ensoñación, indicándome que he llegado a mi destino. Me dirijo a la salida, todavía pensando en mi hermano. Ahora estudia en una universidad inglesa y hace tiempo que no le veo. Le echo de menos.

 
 
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