9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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El reencuentro
Isabel Rodríguez Maisterra, 17 años
Colegio Montealto (Madrid)

Berlín, 12 de noviembre de 1938.

Volvía a su casa cuando, al doblar la esquina, le vio. Todavía estaba lejos, pero si no cambiaba de acera se cruzaría con él.

Había conocido a Franz en la escuela, cuando tenían catorce años. Ella acababa de mudarse desde Nueva York, por el trabajo de su padre en Berlín. La amistad que les unía pronto se convirtió en un sentimiento más profundo.

El verano anterior, cuando ella se iba de vacaciones, Franz fue a despedirla. Le dijo que pasaría la mayor parte del verano en unas colonias de la Juventudes de partido Nazi. A ella no le gustó; sabía, por su padre, que los nazis manipulaban a los jóvenes.

─No seas tonta, Lizzy ─rió él─. Los americanos no podéis entender a los alemanes.

Y la besó.

A la vuelta del verano todo había cambiado. Franz pertenecía a las Juventudes Nacionasocialistas y ya no encontraba tiempo para ella.

Un día se lo encontró a la salida de la escuela hablando con otro chico. Se acercó a ellos, pero Franz apenas le hizo caso.

─Adiós, Lizzy ─pareció hacer un esfuerzo para que su voz sonara dura, fría.

Ella se dio la vuelta y volvió a casa con lágrimas en los ojos. Le había perdido.

Franz alzó la vista. Lizzy notó que la había reconocido y el corazón le latió con fuerza cuando se paró frente a ella.

─Hola, Lizzy. Hacía mucho que no nos veíamos.

Se sorprendió que aquellos ojos le sonrieran. Le recordó al Franz del que estuvo enamorada.

─¿Te acompaño a casa?

Asintió, devolviéndole la sonrisa. Por un momento todo parecía haber vuelto a los viejos tiempos. Le costaba ignorar que, de hecho, no fuera así.

─¿Qué te ha pasado, Franz? ─. Se atrevió a preguntarle─. Me refiero a todo este tiempo desde la última vez que nos vimos. Apenas he sabido de ti.

Esta vez fue él quien calló.

─Bueno… ─dijo al fin, como disculpándose─. El Partido exige mucha dedicación.

─Ya. Supongo que nada es como antes.

Evitó mirarla y no le contestó.

─Te han cambiado, Franz. No eres el mismo.

─¿Por qué dices eso?

─Lo sabes perfectamente… Todos sabemos a qué os dedicáis ─. Dudó un poco antes de continuar-. Vivís para la guerra. Además, ¿por qué ese odio y esa violencia contra los judíos?

El rostro del joven se endureció y sus ojos la fulminaron.

─No lo entiendes, Lizzy… Estamos limpiando Alemania de gente que la ensucia, que ha sido la culpable de nuestra ruina, que ha impedido que este país sea grande. ¡Mira a tu alrededor! Estamos recuperando la gloria que se nos arrebató en la Gran Guerra. Gracias a nuestro líder volveremos a ser un imperio; nadie se atreverá a volver a humillarnos. Pero entiende que, para conseguirlo, son necesarios los sacrificios, usar mano dura contra los maleantes. Incluso, si es necesaria la guerra. Estaré orgulloso de marchar al frente y luchar por la causa junto a mis compañeros.

─¿Estarías dispuesto a morir?

─Por supuesto. Sería un honor caer en combate, demostrar así mi lealtad al Führer. Se lo debemos todo.

─¿Y qué pasa con lo que ocurrió hace dos noches? Las sinagogas en llamas, las tiendas de los judíos destrozadas, las palizas, las detenciones… ¡Incluso hubo asesinatos!...

─¿Asesinatos?... ¿No sabes que un sucio judío mató a Von Rath?

─¿Y por ese crimen condenáis al resto?

─¡Qué sabrás tú!

El silencio se hizo incómodo.

─¿Y si fueran tus padres? ¿Y si fueran tus amigos?

─No es el caso ─dijo fríamente.

─¿Si fuera yo?... ¿Y si yo fuera judía?, Franz. ¿Me despreciarías por ello? ¿Me quitarías la vida?...

Franz se mantuvo callado, evitando mirarla.

─¿Se te ha olvidado lo que sentiste por mí? ─. Una lágrima se deslizó por su mejilla─. Yo no me olvido, Franz. Sigo siendo la misma.

─Yo también te quiero, Lizzy ─susurró mientras la rodeaba con sus fuertes brazos.

Lloró silenciosamente sobre el pecho del chico.

─¿Y si fuera yo? ─volvió a preguntarle.

─Tú no eres judía.

─Pero estoy en contra del Führer, y parece que eso también es motivo de condena.

─No permitiré que te ocurra nada malo, te lo juro. Además, pronto estarás a salvo en América. Allí nadie puede hacerte daño.

Parecía no entender, o no querer entender.

***

Franz callejeaba por Berlín cuando oyó unos gritos. Echó a correr. Se topó con un escena familiar: sus compañeros de las Juventudes daban una paliza a una mujer. Pensó que se trataba de una judía.

Se acercó. La chica estaba, inmóvil sobre el suelo y había manchas de sangre en la acera. Los gritos se habían apagado. El pelo cubría su rostro. Con la mano temblorosa apartó los oscuros mechones…

 
 
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