9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Zapatos dos tallas grandes
Laura Castelblanque, 14 años
Colegio Vilavella (Valencia)

Se marchó con un portazo. No quería estar en casa, y menos con su padre. Se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera y echó a caminar entre la gente que huía de la lluvia. Se dirigió al parque, saltó unos setos y bajó por un terraplén embarrado hasta una tubería abandonada, un enorme cilindro gris que, desde hacía tiempo, se había convertido en su escondite preferido. Le gustaba sentarse a su cobijo y esperar a que llegara Ulises, un gato callejero que ronroneaba al enroscarse entre sus piernas.

Cuando entró en el tubo observó que alguien había descubierto su escondite. Se sentó junto a aquel hombre que parecía sorprendido por la decisión del chico. Ulises escaló sus piernas y se tumbó sobre su regazo. Se descalzó porque sus pies estaban empapados, ya que calzaba zapatos dos tallas grandes. Desde que su madre murió, su padre trabajaba mucho para mantenerle y pensaba que con unas tallas de más, los zapatos le durarían más tiempo.

El hombre con el que compartía escondite vestía ropas viejas y sólo era dueño de una manta que dejaba sus pies descalzos, al descubierto. Estuvieron hablando horas y el chico lo sorprendió varias veces mirando los zapatos. Suponía que parecían calentitos. Lo eran. Las dos tallas prescindibles en sus pies harían que se acoplaran perfectamente a los de aquel hombre.

De regreso a su casa no pudo dejar de pensar en su padre. Echaba de menos el pequeño mundo que construyeron juntos cuando aún vivía su madre, en el que abundaban las peleas de hombre a hombre, los partidos de fútbol, los viernes de pizza y película, aquellas carreras en las que su padre siempre hacía trampas… Le echaba de menos, cosa que nunca le había dicho y que pensaba que nunca sería capaz de decirle. Sin embargo, Ulises era testigo de sus constantes confesiones en el tubo del parque.

Sacó las llaves del bolsillo de la sudadera y entró en casa. El padre retiró del fuego la tortilla que estaba cocinando y se acercó a él. Al mirarle, exclamó:

-¿Dónde están tus zapatos?

-Los he regalado a alguien que los necesita más que yo.

-¿Qué?–. Subió el tono de voz, definitivamente enfadado –. ¿Qué has hecho con ellos?

-Te digo la verdad, papá.

-Eres un tonto sin zapatos

-Te equivocas; soy un corazón dos tallas grandes -dijo el chico con voz casi inaudible.

-Perdóname -corrigió el padre, cabizbajo.

-No necesito perdonarte. Te echaba de menos papá.

Su padre lo abrazó. Le temblaba todo el cuerpo mientras se aferraba a la sudadera de su hijo. Dos lágrimas se unieron a las gotas de lluvia que aún cubrían al chico. De pronto, se apartó de su hijo y corrió hasta el teléfono. Marcó un número que sabía de memoria y no tardó ni dos minutos en colgar y sonreír a la figura petrificada de su hijo, que sabía perfectamente qué acababa de encargar. Sabía que nunca más iba a echar de menos a su padre, porque acababan de entrar de nuevo en su pequeño mundo: un viernes con pizza y película… ¡en calcetines!

 
 
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