9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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El barrio de piedra
Luis Cristóbal López García, 17 años
Colegio Altocastillo (Jaén)

Fabio saltó desde el alfeizar de la ventana, hincando sus rodillas desnudas en el suelo. Se sacudió el polvo de la ropa y recogió la mochila con sus objetos personales. Sin mirar atrás, echó a correr, ignorando los gritos de mujer que salían por la ventana y le recriminaban porque no había limpiado la destartalada casa. No se detuvo hasta que no dejó de escuchar aquella voz que tanto odiaba.
Una carrera así no habría sido suficiente para hacer mella en un muchacho de la edad de Fabio, pero debido al clima abrasador de aquella zona de Brasil y al hambre que sufría, necesitó un descanso.

Abrió la mochila. Llevaba una muda, unos cuantos mendrugos de pan y un colgante con unas iniciales grabadas. Estas eran todas sus provisiones.

Durante aquel año, Fabio había pasado por tres casas de acogida. En cada una de ellas sufrió una experiencia peor que en la anterior. Tenía claro que ni un orfanato ni aquella casa podían ser su destino.

Fabio empezó a andar sin rumbo. No le importaba a dónde ir. Después de todo se encontraba de nuevo en las calles, que eran el pasillo de su mansión. El contenedor en el que días antes dejaba la bolsa llena de restos de comida, su cocina. Aquellos cartones, su cómoda y holgada cama. Sin tareas, sin órdenes ni abusos, era de nuevo el propio dueño de su vida. Estaba eufórico; nunca se había sentido tan libre ni despreocupado por su suerte.

Siguió paseando, como un turista, recorriendo lugares en los que había estado miles de veces y descubriendo cosas que hasta entonces le habían pasado inadvertidas. Era como si hubiese vuelto a nacer.

Una semana después, Fabio continuaba instalado en el mismo callejón, tumbado en la misma esquina, desnutrido y esperando a que su hora llegase sin demora. Cada vez le costaba más mantener los párpados abiertos. Se había dejado llevar por el cansancio, abandonando la lucha contra el sueño. Antes de perder el conocimiento, distinguió que una mano se acercaba a él.

Despertó sobre un colchón de paja, con un paño húmedo en la frente. Era una vivienda de una sola habitación. Se incorporó y pudo observar a su alrededor. La casa estaba repleta de gente. Hubo algo que le inquietó: cada cual estaba inmerso en su tarea: unos parecían hacer cuentas, otros introducían lo contado en una bolsa, los de más allá empaquetaban las bolsas en cajas y otros, simplemente, miraban de pie aquellas operaciones, supervisando el trabajo de los demás.

Un hombre se le acercó y lo sacó con rudeza de la vivienda. Fabio sabía que en aquellos barrios nadie hacia las cosas desinteresadamente, así que si le habían salvado la vida, le iban a pedir algo a cambio. Por eso se quedó gratamente confundido al escuchar lo que el supervisor acababa de decirle: le ofrecía un trabajo.

Durante los años siguientes las cosas fueron a mejor. Su tarea consistía en repartir unas bolsas con unas piedrecitas por todo el barrio. Aunque no sabía por qué, todo el mundo ansiaba el momento en el que llegaba con las bolsas. Cuando aparecía, la gente acudía a su encuentro, empujándose por llegar primero.

Fabio recogía el dinero y completaba la transacción, entregando su mercancía. Cuando los clientes tenían las piedras en su poder, rompían la bolsa, sacaban una pipa y empezaban a fumar.

Un día le pudo la curiosidad y Fabio abrió una de aquellas bolsas. El olor de las piedras inundó todos sus sentidos. Como había visto tantas veces, él también sacó una pipa y colocó una de las piedras en la cazoleta. Al prenderla y dar la primera calada, una extraña sensación le recorrió todo el cuerpo. De pronto se sentía más fuerte, más seguro. Continuó fumando hasta que la piedra se consumió. Empujado por un ansia extraña, sacó otra nueva y repitió la operación. El hambre se había esfumado, estaba más despierto que nunca y se encontraba pletórico.

A partir de entonces Fabio no volvió a preocuparse por nada más. Vivía por y para su pipa. El cártel le había salvado la vida en una ocasión, pero su libertad murió aquel día. Ya no era dueño de su vida; ya no era dueño de nada.

 
 
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