9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Blanco y negro
Marina Garres, 12 años
Colegio Alcazarén (Valladolid)

Era Navidad y todos los niños acabábamos de recibir los regalos de Reyes, pero nuestro monarca no recibió ninguno. Eso le hizo enfurecerse y nos castigó, llevándose todos nuestros regalos. Dio comienzo una tormenta, una fuerte tormenta... ¡Nuestros regalos eran absorbidos por un fuerte viento! ¡Se iban!... Lo curioso es que a nosotros el viento no nos hacía nada. Después comenzó a llover con gran intensidad mientras el viento soplaba muy fuerte, casi como un huracán. Los árboles se caían. Los niños estábamos tan asustados que nos metimos en el refugio, pero ni sus paredes aguantaron. Sabíamos que el rey había propagado la tormenta.

El día siguiente, en vez de haber amanecido luminoso y alegre, se había vuelto gris, feo y triste. De hecho, se había ido el color. Desde entonces todo fue en blanco y en negro. Nuestra piel era grisácea, al igual que nuestra ropa. Variaba el tono. Mas claro o más oscuro, pero todo en blanco y negro. Era como una película antigua, de esas que veían nuestros abuelos.

Llegó la primavera. Las flores habían comenzado a abrirse, pero en blanco y negro. Las hojas de los árboles, todo era en blanco y negro.
Mis amigos y mis padres, todo el mundo, estaba triste, sin ilusión.

Una tarde paseábamos mis amigos y yo por la pradera gris. Nos llamo la atención el canto de varios pajarillos. Corrimos en su busca, guiándonos por el agradable trino. Por fin los encontramos. Habían anidado en la copa de un árbol. Cuando dirigimos la vista hacía su nido, nos sorprendió como del tronco del árbol asomaba una hoja que llamaba la atención. ¡Era verde! ¡Tenía color!... ¡Hacía tanto tiempo que no veíamos ningún color!...

Nos pusimos muy contentos y corrimos a decírselo a todo el mundo. No nos creían, pensaban que estábamos jugando. Incluso el alcalde se enfureció con nosotros.

Al fin decidieron acudir al lugar, para comprobarlo con sus propios ojos. Se pusieron muy contentos cuando vieron la hoja. No hacían sino voltearnos, abrazarnos y besarnos. El cura se dio cuenta de que más arriba lucía otra hoja de color rojo. Era un poco raro tener dos hojas iguales pero de distinto color.

Regresamos a casa cantado y saltando por el camino de piedras. Nos ilusionamos pensando que todo había acabado, que todo volvería a la normalidad.

Todos los días íbamos al árbol para ver si salían más hojas. Pero no, las demás brotaban en blanco y negro.

A la semana siguiente, la gente dejo de acudir al árbol. Volvieron a aparecer las caras tristes y largas. Pero un buen día llegó al pueblo una paloma con un mensaje que dejo caer en mitad de la plaza.

El alcalde tomó el mensaje, que venía atado con un lazo. Lo leyó para si mismo y miró con asombro a todos los que nos encontramos allí.

-Es una nota del rey.

Hubo un murmullo.

-<<Os pido perdón a todos>> -comenzó el alcalde a leer-. <<Me arrepiento de todo el mal que os he causado al dejar vuestras vidas en blanco y negro. ¡No volverá a ocurrir! Seguramente habéis descubierto dos hojas en un árbol, con color, una verde y otra roja. Son dos lágrimas mías, derramadas desde el dolor. He estado gravemente enfermo porque me he encontrado solo, muy solo. ¿Quién querría estar a mi lado después de todo el mal que he causado? Así que he llorado mucho, de dolor y de tristeza. Dos de mis lagrimas se fueron volando y cayeron sobre la copa del árbol>>.

<<Me arrepiento de todo el mal que cometí. De hecho, desde ese día comencé a sanar. Hoy ya no tengo ningún mal y así os lo comunico. Por eso deseo volver con todos vosotros. Acudid esta noche a vuestras camas y dormid con ilusión. Mañana habrá un día esplendido, de cielo azul y verdes praderas. Todo tendrá de nuevo su color>>.

<<Si decidís perdonarme por mi falta, deberéis tocar las campanas cuando veáis el color. Sólo entonces volveré. Si no tañen, me iré entristecido para siempre jamás>>.

Se hizo un silencio sepulcral y, murmurando, la gente se fue a casa.

A la mañana siguiente amaneció tal y como el rey había dicho. Todos estábamos muy contentos. De repente, comenzaron a sonar las campanas. Corrimos a la iglesia. El alcalde, el cura y un montón de gente tiraba de las cuerdas de las campanas. ¡Habían perdonado al rey!

Escuchamos un fuerte zumbido en el aire y nos volvimos para ver cómo regresaban por el cielo todos los regalos de la pasada Navidad, aquellos que el rey nos quito. Los niños gritábamos de contento. Y tras los regalos, llegó el rey, que quería que le empezáramos a llamar por su nombre de pila.

Cuando todo volvió a la normalidad, reconocí que no me gusta la vida en blanco y negro.

 
 
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