9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Número 54
Marina Medina, 17 años
Colegio Senara (Madrid)

Una corneta despertó al campamento.

Abrí los ojos, agarré el pantalón del uniforme y, antes de encontrarme en pie ya lo tenía puesto.
Corrí hacia el baño. Tras lavarme la cara y peinarme con una desaliñada coleta, regresé junto a mi cama en el momento en el que nuestro sargento entraba en la garita.

-Cadetes…, ¡firmes! -gritó.

Comenzó a pasar lista, paseándose entre las literas y mirando hacia todos los lados con desaprobación.

-¡Loreto Martín!

-Sí, señor -. Di un paso al frente.

Se me acercó. Tras mirarme de arriba abajo, observó mis pertenencias para volver de nuevo los ojos hacia mí. Supe que había llegado el momento de la retahíla de todos los días:

-Es usted un desastre, cadete. Esta desorganización no es propia del ejército. ¡Qué vergüenza!… -. Sabía que me iba a llegar el castigo-. Hot tampoco volará con sus compañeros. Empiece a limpiar la garita. Y más tarde ayudará en las labores del comedor.

Me quedé herida al observar cómo salían mis compañeros. Algunos me sonreían animosos, mientras que otros lo hacían con superioridad y arrogancia. Pero la mayoría ni siquiera me dirigió la mirada.

Es el sino de todo recluta recién llegado: los novatos se convierten en blanco fácil de los altos cargos, viéndose obligados a aguantar las novatadas del resto de los soldados. Claro que el hecho de ser mujer complica aún más la situación.

Tras organizar la caseta, hacer las camas, limpiar los baños, fregar los suelos, ayudar en las cocinas y limpiar ollas, cacerolas y demás utensilios, decidí acudir al campo de entrenamiento, a pesar de los gritos que seguro recibiría por parte de mis mandos. Me había bastado un día para aprender que es mejor que me calificaran de “a pain girl”, tal y como me había apodado mi superior, que de vaga y holgazana.

<<Una corneta despertó al campamento. Abrí los ojos, agarré el pantalón del uniforme y, antes siquiera de estar completamente en pie, ya lo tenía puesto…>>, repetí el mismo proceso de cada día, añadiendo una fuerte patada a mis cosas para esconderlas debajo de la cama y disimular el desorden.

Sin embargo, y para mi sorpresa, aquella mañana no hubo gritos ni castigos. Tan solo recibí una fría mirada, así que me dirigí junto con el resto de los soldados a la base aérea.

-¡54, un paso al frente! Coja el equipo de vuelo y elija avión; va a realizar su primer ascenso. ¡Rápido, soldado!

Emocionada, atónita y… ¡aterrorizada!, tomé lo necesario, repitiéndome a mi misma las instrucciones teóricas aprendidas en la academia. Comprobé el buen estado del paracaídas y los sistemas de seguridad.

Aceleré. El avión y mi corazón fueron cogiendo velocidad al mismo tiempo. Después de unos segundos, me di cuenta de que lo había conseguido.

Me tranquilicé, me acomodé en el sillón y solté una carcajada de júbilo. Incluso me atreví a hacer alguna cabriola.
Cuando aterricé, bajé de un salto. Los vítores de mis compañeros me hicieron hincharme de satisfacción. Sin embargo, el rostro serio del sargento me devolvió los pies a la tierra.

-Bien hecho, recluta. Busque algo de pintura en el almacén porque el avión es suyo.

Cogí la brocha y, en letras de molde escribí: <<PAIN GIRL>>. Así todo el mundo sabrá que quien surca los cielos es una chica insistente que consiguió su sueño.

 
 
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