9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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“Nada”, capítulo 26
(Una sugerente continuación al final de la novela de Carmen Laforet)
Marta Tintoré, 16 años
Colegio Canigó (Barcelona)

No me volví para dirigir una última mirada a la casa de la calle Aribau, en la que había pasado un año de mi vida -de septiembre a septiembre-. La abandonaba con una extraña sensación de vacío.

El viaje se me hizo largo y aburrido. El padre de Ena, siempre tan diplomático, intentó entablar una conversación que yo corté educadamente. Necesitaba aquel tiempo para pensar, darle vueltas a mi futuro pero, también, a todo lo que había sucedido.

Barcelona se iba a convertir en una etapa más de mi vida. Creí, con ingenuidad, que allí todo me iba a cambiar. Sin embargo, mi experiencia en el piso de la calle Aribau había sido tan poco encantadora como la que tuve en la casa de campo, años atrás. Cierto que la abuelita me había cuidado y que Román, Gloria y Juan me habían divertido de lo lindo con sus disputas y arrebatos, pero nada de eso me había llenado. Se había evaporado la emoción que invadió mi cuerpo cuando me dirigía a Barcelona. Entonces estaba conmovida por mi repentino cambio de suerte. Pero los desengaños que había sufrido a lo largo de mi existencia, me habían enseñado a no esperar demasiado de las cosas.

Con estos lúgubres pensamientos llegamos a Zaragoza, donde Luis, el padre de mi amiga, me invitó a comer en un lujoso restaurante. Allí charlamos sobre el que iba a ser mi empleo. Me parecía que nunca lo conseguiría. Es cierto que en la Universidad mis calificaciones fueron estupendas, pero trabajar me daba miedo.

-Es difícil y sacrificado, Andrea -me dijo Luis, refiriéndose al esfuerzo físico que supondría combinar estudio y trabajo.

No era eso lo que me preocupaba. Estaba acostumbrada a pasar largos días de ayuno, debido a mi poca destreza para administrar el dinero; la comida no sería un problema.

-Lo sé –le respondí sumida en mis pensamientos.

-Y recuerda que seréis un gran equipo. El trabajo en grupo es la base del éxito de nuestra empresa.

Se produjo un silencio tras esa frase.

Aquello sí que me preocupaba. No podría huir cuando necesitara soledad, tal y como había hecho gracias a los largos paseos por Barcelona. Y es que yo aspiraba a la libertad de ser invisible. Formar parte de algo me aterrorizaba.

-Lo harás bien -concluyó con una sonrisa.

Proseguimos el viaje... Me dediqué a contemplar los cambios en el paisaje a medida que avanzábamos. Del verde de la costa habíamos pasado a un rojo seco, cada vez más intenso. Intuía que un cambio tan brusco como éste acabaría por producirse en mi vida.

De pronto, alguien me sacudió suavemente.

-Andrea… Andrea… Despierta, hija -era la suave voz de Luis.

Estábamos a punto de llegar. Me azoré al darme cuenta de que había soñado recostada en su hombro. Me incorporé apresuradamente y contemplé por primera vez la ciudad de Madrid.

En la puerta de la casa me esperaba toda la familia. Ena estaba más guapa que nunca, morena del sol de verano; su melena resaltaba aún más sus ojos, de belleza abrumadora. Sus hermanos estaban muy morenos. Jaime también estaba allí, con la tez más oscura y una amplia sonrisa de bienvenida. Pasé y me vi reflejada en la ventana. Me encontré fea e insignificante a su lado. A ellos no pareció importarles y su alegría se me contagió rápidamente.

La madre de Ena me había preparado una estancia cálida y con un amplio ventanal, muebles antiguos y una cama grande y cómoda. Me decepcionó que vivienda se encontrara en una urbanización apartada de la ciudad. Allí la vida era diferente a la de la calle Aribau. El sol entraba por las anchas avenidas, repletas de carritos y niños en las aceras.

-¿Aquí no hay calles oscuras como las de Barcelona? –le sorprendí a mi amiga.

-Ya no tendrás que recorrerlas a solas, Andrea –se rió-. Aquí son más alegres y yo iré contigo a todos los lados.

Aquello era una frustración para mí.

-Pero tu oficina está en una de las calles más transitadas de la capital –prosiguió al ver mi cara de asombro-. Allí podrás perderte entre las gentes.

Me animó un poco.

 
 
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