9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Al servicio de la Reina
Miguel Jiménez de Cisneros, 16 años
Colegio Tabladilla (Sevilla)

Era sólo un muchacho cuando comencé a prestar mis servicios en el Palacio de Versalles. Allí culminó mi educación. La cercanía a la Corte me enseñó los caprichos de la moda, las maneras de los nobles, el actuar del Rey... Aunque quien realmente se hacía notar, era la Reina, Su Majestad María Antonieta de Habsburgo. De carácter más vivo y avispado que su esposo, acaparaba la atención de todos con gran facilidad.

Me parece que fue ayer cuando la vi por primera vez: tenía un bello semblante. Noté que era simpática pero también orgullosa y algo reservada, consciente de su rango.

No vivó tiempos tranquilos. A finales del año 1789 se llevaron a la familia real de palacio. Pensé que mi experiencia junto a ellos había terminado, que volvería a mi apacible Varennes para regresar a mis tranquilas labores.

Pero me equivocaba. A pesar de mis dieciocho años, me ofrecieron enrolarme en la recién creada Guardia Nacional. Sin pensarlo dos veces, acepté.

Cuando me comunicaron mi destino, no pude creerlo: el palacio de las Tullerías, en París, que se había convertido en la forzosa residencia de los monarcas.

Allí pasé unos meses, hasta el día que las turbas asaltaron el palacio. Entonces, los guardias que estábamos allí destinados fuimos redistribuidos por diferentes lugares de la capital.

Cuando lograron que regresara la calma, las autoridades buscaron un nuevo alojamiento para la familia real: el presidio del Temple. Solicité el honor de prestar mis servicios junto a ellos. Deseaba volver a servir a los Reyes, siempre y solo a ellos.

Recuerdo con melancolía la marcha al cadalso de mi amadísimo Rey Luis. Iba sereno. Cuando cayó la hoja de la guillotina, comenzó una etapa de Terror.

La inseguridad aumentó para la reina y sus hijos. A las privaciones materiales siguió el paulatino aislamiento del mundo exterior. Por último, separaron al heredero de su madre. Nada más supo del Príncipe, que un año más tarde murió en el Temple.

A la Conserjería (la cárcel más temible de la ciudad) nos llevaron a la Reina y a mí. Allí los juicios eran una farsa, para qué negarlo. La vi envejecer consumida por la tristeza, pues fue víctima de una venganza sostenida. Y cambió: ya no era María Antonieta la de Versalles, sino que volvía a ser María Antonieta de Austria. Sacó de su interior una fuerza y resignación que antes no había visto en ella.

Hoy, 20 de junio, la han ejecutado. En el juicio logró tapar la boca de sus acusadores, pero no le valió de nada.

Tal vez la Revolución comenzó por ansias de justicia, pero ha llegado demasiado lejos. Tendré que esconder este papel, deshacerme del él, pues cualquier mención favorable a la Reina puede utilizarse como acusación de “Traidor a la patria”.

 
 
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