9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Siempre hay una segunda oportunidad
Nuria Bigorra Domingo
IALE

Como si de un ritual se tratase, todas las mañanas a las nueve y cinco minutos Elsa entraba en la sala de profesores, dejaba sus papeles en el cajón de su mesa y, con un frío <<buenos días>> saludaba a sus compañeros. Lo cierto es que Elsa no irradiaba simpatía.

Sus clases eran monótonas porque nunca salían de su guión. Se había labrado una reputación de persona fría, distante, de carácter dominante y poco agradable.

Como ya hemos dicho, su relación con los demás profesores era seca. Sólo intercambiaba experiencias con ellos cuando le requerían su opinión para algún asunto trascendente. De ese modo, durante sus horas de colegio llevaba una vida solitaria.

Hasta que llegó un profesor de prácticas. Se llamaba Andrés y era diametralmente opuesto a Elsa. Simpático, seguro de sí mismo y con un sentido del humor extraordinario, Andrés sumaba a aquellas virtudes un porte musculoso y una buena altura.

Se cruzaban en los pasillos, pero Elsa -por timidez- no le saludaba. Bajaba la cabeza y aceleraba el paso.

Andrés quería saber quién era esa profesora que le huía la mirada. A la mañana siguiente, intencionadamente, la paró para preguntarle:

-¿Tienes hora?

- Sí…, sí –titubeó-. Son las doce y media.

-Muy amable.

Ya iba Elsa a marcharse cuando Andrés la tomó del brazo.

-Perdona, pero creo que aún no nos hemos presentado. Me llamo Andrés y estoy haciendo unas prácticas.

-Pues yo me llamo Elsa –la terrible profesora había enrojecido de azaro-. Soy la profesora de Historia.

A partir de aquel momento, Andrés empezó a interesarse por Elsa. Aquella mujer escondía algo misterioso que quería averiguar. Por eso, al finalizar el día, Andrés la esperó junto a la puerta de la calle.

-Perdona… -se cruzó en su camino-. Tal vez te parezca un poco directo, pero tengo la impresión de que algo en el pasado te dio motivos para colocarte esa máscara de mujer dura, a la que no le gusta mostrar sus sentimientos.

-¿Eh?... –Elsa se sintió violentada.

-Pero quiero decirte que de la experiencia todo se aprende.

-¿Qué quieres decir? –preguntó procurando guardar las distancias.

-Que siempre hay otra oportunidad para confiar.

Elsa lo miró a los ojos y, simplemente, sonrió.

 
 
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