9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Aquellos ojos
Patricia de la Fuente, 16 años
Colegio Alborada (Madrid)

Apenas se oía la respiración de mi madre y mi hermana. Dormían apaciblemente; no sospechaban nada de lo que se estaba tramando en el corazón mismo de la casa.

Me levanté silenciosamente, ya vestida, y me calé la bolsa al hombro antes de deslizarme cautelosamente por los largos pasillos en penumbra. Conseguí llegar sin percance alguno a las escaleras. Contuve el aliento y comencé a bajar. Un movimiento en falso, un solo crujido y todo mi plan se iría al garete...

Conseguí avanzar sin problema. Una vez alcancé la entrada de la casa, saqué de entre los pliegues de mi pelliza una carta, un papel escrito pulcramente en el que recriminaba a toda mi familia su comportamiento de los últimos años y reivindicaba mi libertad.

Me explico, querido lector. Tras la muerte de mi padre, mi madre y mi hermana pequeña se sumieron en un estado de depresión continuo que exigió ser atendido por el resto de la familia. A mí, que entendía que la muerte es un paso más y que, Dios mediante, volvería a encontrarme con él, no me afectó tanto su marcha. Por ese motivo me dejaron de lado, al margen de toda simpatía. A sus ojos era un bicho raro e insensible, que nunca había amado a su padre y que por eso no lloraba. Me convertí en un estorbo para todos y me lo hacían notar de tal manera que comencé a acariciar en mi mente vivos deseos de huir. Así, la extravagante pero deliciosa ocurrencia fue tomando forma, hasta que finalmente me decidí.

Dejé la carta detrás del tocador de la entrada y, con aire seguro, salí hacia las callejuelas de la ciudad. Apenas había comenzado la alborada. Me había citado con el Jefe cuando brotaran las primeras gotas de rocío.

Sin temor a ser descubierta, me senté a esperar en un callejón donde de seguro había trasnochado algún borracho. Tomé asiento en un escalón, me quité los mitones y estiré las piernas. No recuerdo el tiempo que pasé allí sentada, porque me dormí. Cuando me rozaron los primeros rayos de sol, tenía las manos ateridas de frío; me costó sacar la manzana que me había traído para desayunar. Tenía el estómago vacío y la necesitaba. Por eso, cuando alguien me la arrebató de las manos me incorporé encendida de rabia para propinarle una bofetada y recuperarla. Sin embargo, me contuve en el momento en que le vi. Era el Jefe. Sus ojos azules resaltaban en la penumbra del callejón. Alargó el brazo que tenía libre para darme un amistoso golpe bajo la barbilla.

Abro paréntesis para explicarte, lector, la aparición de este fascinante personaje. Es un joven de estatura mediana, de pelo castaño (no del todo liso) y de intensos ojos azules. Apareció en el funeral de mi padre. Al ver que todos me apartaban y despreciaban, se acercó a mí para contarme que vivía en una casona medio derruida, pero acogedora, en el bosque de las afueras de la ciudad, con otros niños a los que les faltaba un hogar. Me invitó a unirme a ellos y nos despedimos con un apretón de manos, asegurándome que sería bien acogida. Desde entonces soñé con decirle que sí. Y había llegado el momento.

Le observé, extrañada, porque no pronunciaba palabra. Escupió en la superficie de la manzana y la limpió con la manga de su roída gabardina. No paró de frotarla hasta que pudo ver reflejado su rostro en la piel del fruto. Inmediatamente después la mordió. Masticó un rato, escupió al suelo y me devolvió mi desayuno.

Tomé la manzana, aunque me echaba para atrás el fruto ya mordisqueado. Sabía que aquello era una prueba, la primera. Si no era capaz de ceder a esta nimiedad, sería incapaz de formar parte de la pandilla. Así pues, la mordí. Conteniendo una arcada tragué el trozo.
Me examinó de arriba abajo.

-Has venido -dijo ladeando el intento de sombrero de copa que le cubría la cabeza-. ¿Por qué?

Me llamaban la atención los mechones de pelo que le salían por los lados del sombrero. No cesaba de preguntarme si había hecho bien al acudir a la cita.

-Porque he reconsiderado tu proposición. Sí. Llevo más de cinco años reflexionando sobre ello y al fin me he decidido.
Mi respuesta le satisfizo: leí la aprobación en su escrutadora mirada.

-¿Cómo sabías que vendría?

No me respondió. Este joven no dejaría de sorprenderme nunca. Más tarde llegaría a enterarme de la fuente de su sabiduría.
-¿Alguien te ha seguido?

Negué con la cabeza. Él se quitó entonces aquel sombrero que le hacía parecerse a Jack Dawkins, el taimado personaje de Oliver Twist, y dibujó en el aire una estúpida reverencia. Al inclinarse, una de las puntas de la vieja gabardina -que le llegaba por debajo de las rodillas- se empapó con el agua de un charco. Aún inclinado, alzó la cabeza y me guiñó un ojo al tiempo que me ofrecía la mano. Por primera vez desde hacía años me sentí segura, aceptada. También, por primera vez, le tomé la mano a mis sueños. Entonces un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, e hice la insensatez de seguirle al que sería mi hogar durante bastante tiempo. Allí pasé buenos rato junto a unos niños y un joven que me causaron más de un disgusto. Pero, querido lector, no pude ni por un instante resistirme a la mirada taimada y sugerente de aquellos pícaros ojos azules.

 
 
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