9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Los zapatos rojos
Paula Pernas, 14 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

La primera vez que los vi, escuchaba la voz de mi madre diciéndome que ni se me ocurriera soltarle la mano. Apenas oí su voz, amortiguada por el ruido del gentío. Solo tenía cuatro años pero, sin que yo me diera cuenta, aquel color brillante se coló por el negro de mis pupilas hasta refugiarse en algún profundo lugar de mi interior. Estreché con fuerza los dedos en la mano que me sujetaba para llevarme afuera de aquella aglomeración.

Al llegar a casa encontré a mi abuelo protestando, como siempre, porque alguien le mencionaba al hombre de los zapatos rojos.

-Pero, ¿qué tendrá ese señor que a cada sitio que va provoca semejante jaleo? -voceó al tiempo que me plantaba dos besos en las mejillas.

Por aquel entonces yo no entendía muy bien a quién se refería; mientras tuviera mi pelota y niños con los que jugar, nada me importaban los problemas de los mayores.

El abuelo opinaba que si algún miembro de la familia se convertía al catolicismo, deshonraría a todos nuestros antepasados.

Aún no lo he dicho, pero crecí en Suiza, en un pueblito rodeado de montañas. Cuando cumplí dieciocho años, me instalé en la capital. Me habían aceptado en la Universidad de Berna; pese a no tener claro mi futuro. Mis padres y mi abuelo estaban seguros de que sería un buen abogado. <<Quién sabe>>, decían <<a lo mejor llegas a ser juez>>.

Tras dos años de carrera, no aguanté más. Yo no estaba hecho para las leyes. En contra de las opiniones de mi familia, un amigo de la facultad y yo nos tomamos un año sabático y nos marchamos a Austria.

Unos meses después de instalarnos en Viena, los periódicos se llenaron de noticias acerca de la próxima visita del Papa. No presté demasiada atención a aquellas noticias, ya que por aquellos días la religión apenas me importaba: era el momento de ir de fiesta en fiesta, incluso de permitirme algún desmadre.

Pero volví a ver los zapatos un 20 de junio de 1998…

Regresaba de una de mis juergas. Eran las diez de la mañana y las piernas casi no aguantaban mi peso. Entonces pasó a mi lado un grupo de jóvenes. Ondeaban una bandera amarilla y blanca. La curiosidad me empujó a seguirlos. Me condujeron hasta una calle ancha: a cada uno de sus lados había cientos de personas que esperaban ansiosas mientras coreaban algo que no alcanzaba a entender.

Al cabo de un rato pasaron unos coches de policía, luego una furgoneta negra y, al fin, hicieron su aparición aquellos zapatos rojos que me habían cautivado años atrás. Iban en un automóvil acristalado. En su interior había un hombre de pelo cano –aquel que los calzaba- vestido enteramente de blanco.

Al alzar la mirada me topé con sus ojos. Nunca nadie me había mirado de esa forma, como lo haría un padre –por más que no me conociera de nada-. Tenían un brillo de mansedumbre y sabiduría que me desarmó por completo.

Aquella segunda ocasión que vi los zapatos, mi vida cambió.

***

Estrené el uniforme de tiras naranjas, azules y rojas el 19 de abril de 2005. Acompañé al Papa Benedicto XVI en el primer día de su pontificado. El 28 de febrero de 2013, me retiré con él.

Mi abuelo había muerto cuando anuncié en casa que iba a alistarme en la Guardia Suiza. Mi padre se había vuelto tan radical como el viejo: dejó de hablarme, al igual que mi madre. Pero ocho años después distinguí sus caras entre la multitud. En los labios se les dibujaba la sonrisa que había esperado ver desde hacía mucho tiempo.


 
 
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