9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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El loco
Pawel Rúa-Figueroa, 16 años
Colegio Mulhacén (Granada)

12 de marzo de 1965. Dong Hin, Vietnam.

Los gritos, las explosiones de los morteros, el olor a pólvora, los fogonazos que salían de entre los árboles, los tiros de fusil que cruzaban a mi alrededor, silbando, los heridos, los muertos, los árboles partidos, el suelo ensangrentado, los aviones que cruzaban el cielo escupiendo Napalm, los helicópteros que descargaban todo su arsenal contra las tropas norvietnamitas..., hicieron que nos encontrásemos en el más horrible infierno que pueda imaginarse. Aquello no era la imagen de la guerra heróica que se nos había presentado en las reuniones de captación, sino un suicidio colectivo. Yo era uno de esos jóvenes que habían creído en las palabras de nuestros mandos; llevaba dos meses de instrucción en un territorio hostil.

La selva ardía en bolas de fuego, se rompía con las explosiones incesantes y dejaba escapar gritos de desesperación y dolor. Los poblados estaban infectados de miradas cargadas de terror y desesperación.

John, un suboficial, nos grito:

-¡Disparad, malditos, o no sobreviremos ninguno!

Aquella orden rompió el estado de suspense en el que me encontraba. Había recibido un duro entrenamiento y no podía haber sido en vano. Arremetimos sin compasión contra los enemigos vietnamitas, que seguían amparados tras la vegetación del bosque.

Poco a poco nos internamos en la espesa selva que no nos permitía ver la luz del sol. Estábamos decididos a dar persecución y caza a un reducido grupo de enemigos.

Sin querer, me había separado del grupo. Chillé:

-¡¿Joseph, Mike, Akel..., donde estáis? !

Caminé solo durante horas y terminé por sentarme, abatido. De repente me golpeó la culata de un fusil.
Me desperté al día siguiente, en el interior de una jaula. Me habían convertido en un número más de la lista de los mal llamados prisioneros de guerra, en un juguete roto a merced de la decisión del enemigo.

Tuve mucho tiempo para recordar a mis antiguos compañeros del pelotón, los duros entrenamientos que ya nunca volverían, a mi familia, especialmente a mi mujer, y todas esas cosas de la rutina que antes no valoraba.

Hoy cumplo seis años en el campo. He pasado mucho tiempo encerrado, amordazado, delirando por la fiebre, hablando solo por las noches, viendo sombras imaginarias y espeluznantes. Inexplicablemente, hablo con mis antiguos compañeros que murieron conmigo en combate como si hubiesen resucitado.

Mis compañeros de celda me suelen dejar aparte. Dicen, en voz baja, que estoy loco. Y es que paso días enteros aferrado a la cerca de alambre, porque se que mis amigos, los que murieron conmigo en combate, están tramando un plan para sacarme de aquí. Gracias a ellos, sé que pronto recuperare mi libertad. Y no estoy loco.

 
 
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