9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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La princesa
Pilar Aviñó, 15 años
Colegio Montealto (Madrid)

La princesa iba caminando justo a la hora en la que empezaban a esconderse los rayos del sol y la oscuridad, perezosa, comenzaba a cubrir la ciudad. La gente paseaba, corría, iba en bicicleta o se quedaba quieta hablando por el móvil, todo el mundo demasiado ocupado en sí mismo como para fijarse en la sonrisa que lucía esa noche la princesa.

No siempre había sido así. Una mañana de julio, quince años atrás, una sonrisa asomó a su vida…

Ella volvía a casa de un complicado examen en la Universidad. Los nervios anteriores a la prueba le habían agotado y puesto de mal humor. Salió del barullo de los transeúntes sin apenas prestar atención a los pobres que adornaban las esquinas de las grandes avenidas de Nueva York. Nunca les había dado una moneda ni se había molestado en mirarles a los ojos. Se justificaba diciendo que sólo quería ser una más. Sin embargo, una música triste llamó su atención. Aquella melodía le devolvió a los momentos dolorosos que había vivido: la muerte de su madre y el cambio de ciudad, heridas que todavía, a pesar del esfuerzo, no habían cicatrizado.

– ¡Basta! -se dijo a sí misma la princesa. Y se obligó a seguir caminando, sin querer dejarse llevar por los sentimientos.

Pero la música le perseguía. Entonces se dio cuenta de que no era la melancolía de la canción lo que la conmovía, sino la esperanza que se escondía entre sus notas.

Se dio la vuelta. Fue entonces cuando su mundo comenzó a cambiar.

Se encontró con la sonrisa de Andrew. Y como quien encuentra un gran tesoro, encontró también al tesorero. Era un chico de veinte años -dos más que ella-, que tocaba en las calles de Nueva York. Moreno y ancho de espalda, su expresión alegre era un regalo del cielo al que acompañaban sus limpios ojos azules.

La princesa no pudo evitar acercarse y ponerse a charlar con el intérprete callejero.

–Qué pena que estés triste –le dijo Andrew-. Las princesas que se enjaulan en sus propias cárceles no son capaces de apreciar la belleza del exterior.

Quince años después, una nueva sonrisa asomó a los labios de la princesa mientras pensaba en aquella frase que Andrew sacó del poema de “La princesita” que ella tantas veces había leído en noches de lágrimas y soledad.

Cuando la princesa oyó lo que aquel chico le dijo, se quedó asombrada, ya que el extraño acababa de resumirle la tristeza y frustración que ella no era capaz de justificar. Desde ese momento, nada volvió a ser como antes.

Andrew estudiaba Medicina y tocaba en la calle para pagarse la Universidad. Ella le contó que estudiaba Periodismo y que se acababa de mudar. Además, le confesó aquello que, en tan poco tiempo, había hecho de su vida algo triste y descolorido.

Empezaron a verse en los ratos libres. Andrew le mostró los escondites de la Gran Manzana, mágicos lugares donde la princesa volvió a ser feliz. Él comenzó a llamarla suya, única, su princesa. Y eso era ella, una princesa sin trono que vivía en el más rico de los castillos, en una constante nube de felicidad. Ella aprendió a ver la vida con otros ojos, y él le entregó el mejor de los regalos: la alegría Después de dos años, Andrew le pidió matrimonio.

 
 
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