9ª Edición  |  Curso 2012-2013    
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Un aroma embriagador
Pilar Zhang Qiu, 14 años
Colegio Monaita (Granada)

Aquel día, las gotas de lluvia acariciaban la gélida superficie de la ventana. Andrea se encontraba, como muchas otras tardes, acurrucada en una esquina. Entre sus manos sostenía un anillo coronado con deslumbrantes cristales de aguamarina y unas letras impresas con trazo firme: “J.L. y R.E., para siempre”. Al elevar la vista, su larga cabellera cobriza dio a conocer un rostro sepultado bajo una expresión afligida.

Una brisa traviesa encontró una entrada entre las junturas de la ventana. Con un ligero rumor, besó las mejillas de la muchacha, obligándola a encender el calefactor.

-¿Ya se ha vuelto a colar el frío por la ventana?-inquirió Alex-.Tendremos que llamar al tío Ramón cuanto antes.

-No es necesario; yo estoy bien así -replicó mientras se hacía con el calor de una manta.

-Dudo que lo aguantes, si sigue lloviendo de esta manera.

Alex sacó un extraño paquete de sus jeans, se echó atrás un revoltoso mechón negro y mojado y tomó asiento junto a Andrea.

-Toma. Lo hallaron cerca del coche de tus padres.

Andrea arrimó el paquete a uno de sus costados y desplegó, con suma delicadeza, cada esquina, dando a conocer su interior. Su tez se volvió pálida como la nieve que había empezado a sustituir la lluvia.

-¿Andrea?...

No le respondió. Una lágrima resbaló entre sus pestañas.

-Supongo que te contaron por qué sufrimos el accidente. De camino al orfanato nos precipitamos al vacío. Los culpables fueron unos chavales del propio orfanato -Andrea hizo una pausa y siguió con voz malhumorada-. ¡Querían divertirse a costa de nosotros! ¡Creían que su broma no iba a tener ninguna consecuencia!

Su primo la abrazó.
-No llores más, nunca más. No fue culpa de aquellos chicos, ni tuya ni de nadie. Tuvo que pasar por alguna razón misteriosa; Dios nunca se equivoca.

Las lágrimas aún brotaban de sus ojos, pero su rostro parecía más calmado.
Sin que se hubiesen dado cuenta, tío Ramón acababa de entrar en la habitación. Portaba dos bolsas rebosantes de alimentos. Sobre una de ellas se podía ver la forma de un pavo.

-Bienvenido a casa, tío Ramón -le saludó Andrea, disimulando su llanto.

-Hola, mis chiquitines. ¿A qué jugabais? ¿Estabais contando chistes sin mí? -En ese momento, Andrea agradeció que no se hubiese percatado de sus sollozos-. Anda, venid y ayudad a vuestro tío a meter la cena de Nochevieja en el frigorífico.

Alex se levantó primero y tendió la mano a su prima. Seguidamente, corrieron a la cocina.

Tras haber cenado, Andrea se dispuso a dormir. Con pies ligeros se metió en la cama y se encogió entre las mantas. Apenas tardó en caer en un profundo sueño.

-Despierta, Andrea. Despierta...-una voz dulce pero insistente, la zarandeaba.

Poco a poco abrió los ojos. Logró reconocer la cara de su tía.

-Date prisa, que nos vamos de compras –insistía la tía Dorotea.

Andrea seguía medio dormida cuando llegaron al centro de Granada. La tía llevaba a su sobrina casi a rastras por las calles de la ciudad.

Siete horas después, subieron las escaleras del bloque. Los pies de Andrea parecían plomo. Esperó a que su tía abriese la puerta y se encaminó al salón. Al quitarse la bufanda cerró sus ojos. Cuando los abrió, se sorprendió.

-¡Feliz Nochevieja! -gritaron sus tíos al unísono, Alex y una pequeña desconocida.

Andrea soltó una risa dulce.

-Te presentamos a Blanca. No tiene padres y pasará unos días aquí –le aclaró Ramón.
La niña le dio un beso a Andrea. En ese instante, mil ideas recorrieron la mente de la chica.

<<Quizás no tendría que culparlos. Porque uno haya cometido un error, no quiere decir que todos sean malos. Además, yo conocí y disfrute de una familia>>.

Fue en ese momento cuando aspiró un cálido aroma, mezcla del olor a abeto, musgo fresco del Belén y pavo asado, manjar que se hallaba en la mesa.

<<La familia está donde están los que te quieren>>.

Sus labios se curvaron sutilmente, mostrando la primera sonrisa de Andrea desde la muerte de sus padres.

-Bienvenida a la familia, Blanca.


 
 
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