10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Treinta minutos de autobús
Antonio Beltrán de Santa-Olalla, 17 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Entro en el autobús escolar y, como de costumbre, saludo al conductor. Avanzo por el pasillo, flanqueado por chicos más jóvenes que yo, algunos incluso sentados en elevadores y con chupete. Son pequeños, pero sonríen y están atentos, tratando de captar todo lo que les rodea.

Llego a mi asiento en un lugar reservado para los alumnos del último curso, escrito en las leyes no dictadas del ambiente escolar. Dejo caer mi mochila sobre el suelo del vehículo y miro por la ventana. El característico rugido del motor que me ha acompañado durante los últimos doce años indica que partimos. Desde la luna de cristal observo a la gente. La tranquilidad de los ancianos -que charlan entre ellos, pasean a sus mascotas o hacen cola para comprar el periódico- contrasta con los atascos, el sonido de los claxon y los hombres enchaquetados que andan muy deprisa. Hay madres que empujan del carro de sus hijitos mientras hablan por teléfono, universitarios que revisan sus redes sociales en la parada del trasporte urbano...

Desde el autobús me doy cuenta de que vivimos presos de la angustia. De hecho, camino del colegio me llegaba el frenético teclear en los teléfonos móviles de mis compañeros, la música chim-pum! que desprenden los auriculares "pegados" a las orejas y los gritos de algunos niños. Ya casi nadie habla con su compañero de butaca, ya casi nadie siente de verdad las necesidades de los demás, ya casi nadie tiene sueños, ya casi nadie se esfuerza. Tan juntos pero tan separados por un aparato que creemos que lo tiene todo pero que desarma con su conexión 3G o Wifi. "Amigos" que se escriben por chat, niños de 13 años absorbidos por una pantalla en la que se entretienen con juegos digitales a falta de quince minutos de comenzar las clases.

Yo sigo ahí, en un autobús con cincuenta jovencísimos pasajeros, sin poder hablar con nadie, mirando al sol de color rosado que asoma, todavía tímido, por las montañas del Este, imaginándome en un país lejano, en una cabaña... Quizás yo también este preso en esta sociedad cibernética y añore un poco de libertad.
Nos se trata de huir sino de enfrentarnos con la realidad. Al fin y al cabo debemos hacerla nuestra, amar y disfrutar cada minuto de la vida. Por monótona y solitaria que nos parezca, tiene mucho jugo que exprimir.

¿Para qué sirve un trayecto en autobús escolar sino para charlar, compartir y sonreír? Me pregunto.


 
 
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