10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Día de fútbol
Francisco Javier Merino, 16 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Cuando hay partido de fútbol, es un día de fiesta. Para desayunar, utilizo la taza con el escudo de mi equipo; para desperezarme, el himno del club. Aunque la rutina sea la misma, en pocas horas me encontraré en el estadio, vibrando de tensión junto con otras veinte mil personas con las que comparto las mismas emociones: el enfrentamiento entre veintidós jugadores.

Me visto para la ocasión: bufanda rojiblanca y sudadera con escudo. Enseguida me acerco a la casa de mi tío (mi compañero en las penas y alegrías que nos da nuestro equipo). Llegamos al estadio cuando todavía es temprano: el recinto en el que se encuentra el terreno de juego no ha abierto sus puertas. Aprovechamos para comentar acerca del rival, los jugadores que llegan cansados por la competición, el resultado del partido que jugamos fuera de casa la semana anterior… A veces tenemos más cosas que contarnos. Otras, menos. Pero cuando vemos el campo, únicamente pensamos en el balón. Por unas horas nuestros problemas familiares, laborales o escolares no existen y nuestro humor solamente lo puede empeorar un tiro por encima del larguero, un gol en propia puerta o un árbitro injusto.

Una vez acomodado en mi asiento, intento matar el tiempo que queda hasta el inicio de la contienda de la mejor manera posible: leo la revista oficial del club o saludo a otros aficionados que conozco. Sin embargo, en cuanto suena el pitido inicial, centro la mirada en la hierba: toca disfrutar y sufrir a la vez, porque mi equipo, el Granada C.F., es humilde y sufridor. La tensión está asegurada.

Cuando era pequeño todos mis compañeros se decantaban por el Real Madrid o el Barça. Yo podría haber hecho lo mismo, pero mi tío comenzó a llevarme a ver los partidos que disputaba el equipo de mi ciudad, que por aquel entonces jugaba en Tercera División. Hoy ha llegado a Primera. No me pierdo un solo encuentro gracias a mi abono, cuyo precio es bastante elevado. Mis amigos me preguntan por qué me compro el abono en vez de un nuevo teléfono móvil, y no acierto a explicárselo. Para entenderlo no bastan las palabras sino entender los caprichos del corazón.


 
 
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