10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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¿Cuál es el problema?
Irene San José, 17 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Tengo un amigo con el que apenas hablo si no es a través del móvil, cuando antes quedábamos y manteníamos larguísimas conversaciones. Y no es porque alguno de los dos se haya mudado lejos del otro, sino porque él utiliza el teléfono como único medio de comunicación. Alguna vez he tenido que llamarle la atención escribiéndole un mensaje, y eso que en aquel momento se encontraba a mi lado, pues estaba abducido por su universo virtual. Lo peor es que no es el único: otros han seguido su ejemplo. Algunos de ellos ya ni le hablan en persona, solo por whatsapp.

A las películas de robots que controlan el mundo ya no se les puede considerar ciencia ficción, pues ya nos han invadido y nosotros se lo hemos permitido. No son unos monstruos con rayos láser que destrozan todo a su paso; a simple vista parecen unos insignificantes objetos inanimados, pero las pantallas llegan a controlar nuestra mente con solo mirarlas.

Vivimos rodeados de pantallas como el televisor, los móviles (estrellas del momento), ordenadores, etc. Es bien sabido que cada vez se extiende más su uso y que este puede ser malo para la salud, pero debemos aceptar que son parte del maravilloso progreso tecnológico, aunque no logro entender por qué -si sabemos que nos pueden causar cierto mal- no los evitamos.

Cuando una mayoría de personas empieza a usar la tecnología en el ámbito profesional, se convierte en una necesidad, por eso quiero referirme a aquellas que lo utilizan porque se aburren, porque no tienen nada mejor que hacer o porque quieren hablar con tal persona, como suelen pregonar, mientras están rodeados de libros, tienen un piano en casa y han recibido clases desde pequeños o es un día soleado, perfecto para darse un paseo. Con tal de seguir escribiendo mensajes en el teléfono, se las arreglan para hacerlo incluso mientras se lavan los dientes. ¡Logran hacer dos cosas muy distintas a la vez!

Alguna vez he pensado que las pantallas tienen un efecto casi hipnótico, pero es fácil salir de él. Las instrucciones son las siguientes: apague el móvil. Por otra parte, si prefiere seguir perdiendo amigos, como me pasó con aquel chico, le daré una recomendación: cómprese una lámpara de lava o encienda un fuego. Causa el mismo efecto y es más barato.

 
 
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