10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Nos estamos haciendo mayores
Irina Galera, 16 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

Todos hemos sido pequeños…

Mozart, seguro, de bebé tocaba el sonajero que era un escándalo. También me imagino que hubo un pequeño Harry Potter que cuando no quería tomarse las lentejas, las convertía en Lacasitos con un simple golpe de varita.

Puede que tú, lector, aún recuerdes cuando subías a lo más alto del tobogán y te sentías el rey del mundo. O cuando te ponías las gafas de sol de tu padre para convertirte en agente del FBI.

De niña creía que el arco iris acababa en el suelo. Me construí la teoría de que era un puente de colores entre el reino de los Teletabies y la tierra. Luego me explicaron algo sobre la refracción de la luz que le quitó el encanto. También creía que un bufete de abogados era la sala donde comen estos profesionales. Y que las nubes eran de algodón dulce. Porque tenía la inocencia infantil y la ingenuidad de la edad, hasta llegué a creerme que las matemáticas eran divertidas.

Hay momentos de la infancia que nunca olvidaremos. Volvíamos con el pantalón roto, sucios de barro, tras haber vencido a un temible ejército de orcos. En nuestro bando estaban Kent y Barbie con su séquito de Playmovils y Pinipones. Ah, y parábamos la batalla para merendar.

Nuestras fantasías eran como películas de Disney. No quiero decir que movieran mucho dinero sino que siempre acababan bien.

¿Quién no ha roto un jarrón con la pelota y luego intentó unir los trozos con pegamento de barra? Puede que le echáramos la culpa al perro o que argumentáramos que fue el jarrón el que se cambió de sitio para golpearse con el balón.

Una linterna era un rayo de infrarrojos; un palo, una espada élfica. Para nosotros, las hojas de los árboles eran billetes con los que comprábamos castillos sin hipoteca, fortalezas construidas con cajas de cartón y reforzadas con poliespán. Eran baluartes indestructibles: ni el Cid Campeador ni el Hombre de Negro las podrían conquistar.

Juntábamos agua y tierra, y obteníamos un bálsamo druida.

Hemos sido superhéroes, princesas y unicornios, incluso ninjas que se transformaban en pelícanos.

Fueron años de disfrutar y vivir aventuras. Pero no hay que contagiarse del síndrome de Peter Pan, pues con los años aprendemos no sólo teorías de Dalton o sintaxis, sino que maduramos y forjamos nuestra forma de ser y pensar. Somos como los Pokemons, evolucionamos, que es parte de la vida. Pasamos del triciclo a la bici y luego la moto. Llega ese momento en el que, por fin, nos tirarnos a la piscina sin manguitos.

Con orgullo puedo decir que nos estamos haciendo mayores.


 
 
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