10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Pensamientos de un joven músico
Juan Rodes, 14 años
Colegio Ángel de la Guarda (Alicante)

Si saliera a la calle con la intención de realizar una encuesta sobre la valoración de la música clásica, estoy convencido de que mucha gente (especialmente los más jóvenes) me diría que les aburre. Les parece adecuada la carrera de piano siempre y cuando este difícil instrumento sirva de acompañamiento a una canción pop, por ejemplo, pero no si queremos destinar los años de aprendizaje a una pieza universal que está muy por encima de la música ligera.

Es curiosa las distintas apreciaciones que tenemos sobre el aprendizaje. A fin de cuentas, una carrera en el conservatorio es como el entrenamiento para la práctica de cualquier deporte de élite. El intérprete debe trabajar duro para dominarlo, pero hasta el momento del éxito parece que nadie lo valora, que nadie entiende que los años de escalas y ejercicios han merecido la pena.

Reconozco que muchas veces he soñado con pisar un auditorio. Después de la última nota el público me aplaude en pie, incluso después de que me marche del escenario. Pues bien, el sueño ya lo he cumplido y puedo asegurar que regala una suma de sensaciones únicas.
Comencé a estudiar música a los siete años, gracias a la influencia de mi mejor amigo. Al principio el conservatorio me resultó un lugar completamente ajeno a mí. No conocía a los profesores, ni a los alumnos ni a los intérpretes. Me sentí como un extranjero en una isla de sonidos fascinantes, hasta que empecé a profundizar. Hoy soy amigo de todos los que comenzamos entonces.

Mi pieza favorita se llama “Córdoba”, escrita por Isaac Albéniz, que era español. Esta obra, tiene dos estilos que me gustan, porque mezcla grandes ligados románticos con ligeros y graciosas notas cortas, algo muy difícil de traducir con palabras.

En el conservatorio conocen mis gustos musicales. Es más, allí me siento como en casa y conozco hasta el último rincón secreto encerrado en esas paredes cargadas de armonía.

La música es un modo distinto de comunicación, un lenguaje universal entre los hombres en el que entran en juego el esfuerzo, la paciencia, la esperanza y el deseo de agradar a quienes puedan ser tus espectadores, más allá de los estados de ánimo del intérprete.

 
 
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