10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Mi historia, que es la historia de tantos
Lucía Plaza, 19 años
Escuela Altaviana (Valencia)

Tenía catorce años cuando recibimos una noticia muy dura: a mi madre le habían descubierto un tumor cancerígeno. A partir de entonces, mis abuelos se encargaban de mí y de mis hermanas cuando volvíamos del colegio, pues mi padre, por aquellos tiempos, trabajaba durante el día y casi todas las noches dormía en el hospital con mi madre. Nosotras pasábamos las noches con mi prima Patri, que es como una hermana mayor para nosotras.

Aunque yo estaba asustada, mis padres le quitaban importancia al asunto, pero en mis adentros sentía que la enfermedad podía llevarse a mi madre que, pasadas unas semanas, volvió a casa. Casi enseguida tuvo que someterse a sesiones de quimioterapia. Fue duro, especialmente por la impotencia de no poder hacer nada por ayudarla. ¡Era mi madre, la persona que me había dado la vida, la que más me quería! Recuerdo verla acurrucada en el sofá, ya sin pelo, mirando a un punto fijo. <<Me siento como si llegara mi hora y solo necesitara un huequecito para quedarme con vosotras>>.

Entre sesión y sesión llegó otra mala noticia: a mi abuela se la llevaron de urgencias por unos fuertes dolores de cabeza. Tenía un tumor en la cabeza, fruto de un cáncer de mama que tuvo años atrás. Como éramos pequeñas, mis padres nos decían que sólo era un fuerte dolor de cabeza, nada más. A los dos días pudimos ir a verla. La abuela me abrazó y lloró. Quise pensar que era porque nos echaba de menos, pero sabía que la que iba a tener ese sentimiento en un futuro no muy lejano iba a ser yo. Y así fue.

No quería que la abuela, que fue como mi segunda madre, se fuera de mi vida. No quería imaginar su sufrimiento ni pensar lo que estaba sintiendo mi abuelo.

Pronto empezó a no controlar sus decisiones: unas veces se quería levantar de la cama e irse a la calle, o hablaba como si no supiera qué le pasaba. Me sentía impotente por no entender por qué la vida se estaba ensañando con nosotros. Una tarde nos saludó, como siempre, pero pasado un rato, señalando a mi madre, preguntó: <<¿Quién es esa mujer?>>. Le tuvimos que explicar que era su nuera, la mujer de su hijo Paco y al final pareció comprenderlo.

Al fin mis padres nos reunieron y, entre lágrimas, nos dijeron: <<La yaya se está muriendo>>. Mi abuela ya ni hablaba, casi ni abría los ojos, solo dormía.

El 13 de mayo el móvil despertó a mi padre. Yo estaba en la cama. Agudicé el oído y escuché a mi padre llorar. En el tanatorio yo no lo quería creer. ¿No iba a volver a ver a la mujer con la que había vivido los catorce primeros años de mi vida?

Pasó el tiempo. Mi madre continuaba con sus sesiones de quimioterapia. Yo seguía pensando en mi abuela.

La revisión de mi madre fue optimista: los marcadores tumorales habían bajado. En cierto modo, estábamos felices. Continuamos nuestra vida, le creció el pelo y le volvieron hacer las pruebas. Para entonces los marcadores habían subido. Otra vez al quirófano, la quimioterapia. Y mi madre encontrándose mal. Y mi padre, estresado. No podíamos hacer nada.

Cinco años después mi madre continúa su tratamiento. Ha pasado por todo: ingresos por perder casi todas las defensas, inflamación de las manos, infecciones graves... Además, mi padre lleva dos años en paro. Ahora se pasa en casa todo el día. Atiende a mi madre, nos cuida a sus hijas, está pendiente de su padre... Mi hermana y yo seguimos estudiando. Creo que hemos aprendido a vivir con tantas dificultades.

Estos años no han sido fáciles, pero también me han hecho fuerte y me han enseñado a valorar los detalles, los abrazos, cada beso, cada sonrisa. He aprendido a demostrar a los demás que les quiero, que son importantes para mí. A cuidar y proteger a los míos.

Me gustaría animar a la gente que pasa situaciones parecidas a querer sin límites a sus familiares enfermos. Los enfermos no son números, cifras o estadísticas. Son personas sufrientes, llenas de dignidad. No perdamos las oportunidades de cuidarlos, de amarlos más cada día.


 
 
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