10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Sentir ecuestre
Lucy Walker, 14 años
Colegio IALE (Valencia)

La equitación no es un deporte individual, aunque sobre el medallero sólo aparezca el nombre del jinete, pues también está su caballo, tan importante o más que él.

Llevo montando a caballo desde los seis años y hace un año comencé la competición y el alto rendimiento deportivo, coincidiendo con que me regalaron mi primer caballo.

La competición es muy dura, con muchas lágrimas y decepciones, pero con empeño puedes lograr resultados. Actualmente me encuentro la primera en el ranking de España de doma clásica.

En mi familia no hay nadie que sea aficionado a este deporte. Sin embargo, el día que me monté sobre los lomos de un equino supe que ahí es donde más me gusta estar. Me muevo a casi a dos metros del suelo, encima de una criatura de más de quinientos kilogramos que tiene su propia mente, su propio cuerpo y corazón. Busco una sincronización entre los dos, procurando que mis gestos vayan dirigidos en la misma dirección que los movimientos del caballo. De hecho, intento lograr una simbiosis entre nuestros corazones, que ambos latamos al ritmo del compás de sus largos trancos. Una vez conquistados corazón y cuerpo, queda dominada su voluntad.

Los jinetes hablamos un lenguaje distinto, construido en silencio, que consiste en percibir lo que siente nuestro animal. Al principio, no tenía mucha confianza con mi caballo, dado que yo era nueva para él y él nuevo para mí. Pero la amistad se va construyendo poco a poco, y lo que hace la hace fuerte es que juntos vivamos buenos y malos momentos, que quieras a tu caballo cuando va bien y, más aún, cuando las cosas no salen tan bien.

Después de un año de trabajo, somos inseparables. Cuando ve que me alejo de él, empieza a hacer cabriolas para que regrese, o da patadas a la puerta de su cuadra para llamar mi atención. Y cuando le estoy preparando para salir (la silla, el cabezal…) y le doy la espalda, empieza a juguetear con mi coleta o con mi camisa, para que le haga caso.

La mañana del concurso me despierto temprano para darle de comer. Me invaden los nervios y el miedo. Pero nada más entrar a la pista de calentamiento ya estoy centrada, sin pensar quién me mira, concentrada hasta que llaman por megafonía para que acuda a la pista de concurso. Aunque después de muchos concursos ya vas asumiéndolo y se te hace normal, nunca se pierde esa pequeña chispa de inquietud.

Al realizar la prueba sólo pienso en los ejercicios que me esperan y cómo realizarlos a la perfección. Al finalizar me invade un alivio impresionante. Y si me entero de que he llegado al pódium, voy corriendo a darle un beso a Urogallo, mi caballo, orgullosa de su trabajo, del de mi entrenador y del mío, claro.

 
 
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