10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Querida Nina
Alexandra Hutusoru, 26 años
Escuela Altaviana (Valencia)

Era el miércoles por la tarde. Nina paseaba sola por el parque Central de Nueva York. Parecía un día cualquiera, pero aun así ella tenía un presentimiento, como si algo fuera a suceder. Fue lo que la empujó a salir de casa.

Aquel otoño fue diferente: hacía más frio que de costumbre y Nina llevaba puesto su abrigo favorito, rojo mosqueta, con el broche que le había regalado su mejor amiga.

Al abrir la puerta de casa había sentido un pellizco en el corazón. Para el siguiente día le esperaban muchos deberes y tenía que estudiar unos temas de Lengua, pero tuvo el impulso de observar por la ventana las hojas tostadas de un árbol. Aquella naturaleza mortecina terminó por convencerla para dejar de trabajar y salir al parque.

Al sentarse en un banco de madera, frente a la línea de los rascacielos, respiró hondo, como si hubiera estado mucho tiempo debajo del mar, llenó sus pulmones con el aire fresco de la tarde.

La gente pasaba por delante de ella, pero ella no los veía. Era como si anhelara algo diferente. Aunque estaba tranquila, movía las manos en el interior de los bolsillos. Buscaba con los ojos aquello que se resistía a hacerse presente.

El viento le movía el flequillo pelirrojo cuando sus ojos se llenaron de lágrimas.

Miró alrededor para ahorrarse la vergüenza de que alguien la viera llorando o se acercara para preguntar si le pasaba algo.

Estaba lejos de todo lo que quería. Aunque sus padres estaban a una llamada de teléfono, no podía evitar el vacío al no poder verlos. Al consultar el reloj, Nina se dio cuenta que necesitaba regresar si quería mantener sus buenos resultados académicos.

De camino a casa -llamaba “casa” a su pequeña habitación alquilada- le aplastaba el peso de la soledad.

El edificio gris de pisos parecía más triste que de costumbre. Le cansó subir las escaleras. Abrió la puerta, se quitó el abrigo y empezó a retomar el hilo de las reglas de gramática para el examen.

De pronto sus ojos se dirigieron a un rincón del escritorio. Había un sobre con una nota de su compañera de piso:

“Llegó esto para ti”.

Leyó el nombre de su hermano en el remite. Le escribía desde Rumanía, donde intentaba encontrar trabajo. Nina lo abrió con rapidez. Sabía que se iba a encontrar respuestas a todas sus preguntas.

Le bastó la primera frase para que el vacío y la soledad que sentía, que desvanecieran.

“Querida Nina, te echo de menos. Estoy tan orgulloso de ti”.

 
 
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