10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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El reloj
Ana Badía, 14 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

Yo tenía un reloj. Era un reloj de muñeca precioso. De tonos verdes y grisáceos que se mezclaban recorriendo la correa, una correa desgastada por el uso. Las manillas eran plateadas y yo pasaba las horas y horas viéndolas girar. Me encantaba ese aparato. Pensaba que lo tendría durante toda mi vida.

Como no era resistente al agua, desde que me lo regalaron -en mi octavo cumpleaños- me cuidaba de no meterlo en la ducha, y así lo hice durante mucho tiempo. Le tenía un sitio reservado en una pequeña estantería en el baño, al lado de las colonias. Cada vez me iba a duchar, me quitaba el reloj y lo dejaba cuidadosamente para no estropearlo.

Como todo llega a su fin, me tuve que despedir del artilugio. Mi hermana, en un descuido, lo cogió creyéndolo no tan valioso como lo era para mí y de sus manos cayó al suelo. Se ralló el cristal de la esfera y esas agujas que tanto me gustaba mirar, se quedaron quietas, como si nunca hubiesen girado. La siete y cuarto se coinvirtió en una hora eterna.

Pocos días después, mi madre me regalo un reloj nuevo. Era de un tono morado y amarillo. Sus colores contrastaban, por lo que llamaba mucho la atención. Sin embargo, sus agujas no me atraían como las del otro. Me parecían monótonas y su girar se me antojaba más lento. Sin embargo, este reloj era resistente al agua. Tan resistente que sus instrucciones decían que era especial para nadadores.

Por eso pensé que, a partir de ese momento, ya nunca tendría que volver a quitarme el reloj para ducharme. Que podía meterlo bajo las gotas del agua.

Fue en el momento de frotarme con la esponja cuando me di cuenta de que no tenía el reloj. ¿Se me habría caído en el colegio..., o por la calle...? Estaba preocupada, pues apenas acababa de estrenarlo.

Salí de la ducha. Por fuerza de la costumbre, dirigí la mirada a la estantería donde antes dejaba mi antiguo reloj. Allí había dejado este morado y amarillo, inconscientemente, con sumo cuidado y sin reparar en ello. Y comprendí algo que dice mi padre: es importante adquirir buenos hábitos: son para toda la vida.

 
 
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