10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Misión secreta
Ana Badía, 14 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

La misión tenía que salir perfecta. Llevaban bastante tiempo planificándola. Nadie lo sabía, aparte de ellos dos: uno escondido detrás del sofá y otro tras la puerta, se cruzaban miradas a la espera de que llegase su víctima.

Según los cálculos, faltaban cinco minutos para la puesta en escena. Comprobaron los últimos detalles: los móviles silenciados, el explosivo –que así lo llamaban ellos- cargado, las luces apagadas...

El cerrojo comenzó a girar lentamente. El corazón les latía con velocidad y hacían esfuerzos por contener la respiración.

La puerta se abrió, haciendo que el furtivo de detrás del sofá diese un bote sobre sí mismo. Entro una persona mayor, de pelo blanco, que caminaba encorvada. Su cara mostraba una expresión de tristeza y soledad.

En el momento en el que se encontraba de espaldas, el que estaba detrás de la puerta se dirigió de puntillas hacia el anciano -un poco sordo- con su aparatejo en la mano. Lo presiono y...

Numerosas serpentinas volaron hacia el techo. Eran de todos los colores.

Se escuchaban unas risas de fondo. El veterano ya sabía de qué iba el asunto y, sin poder contenerlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

-¡Juan, Tomás!... ¡Qué alegría!... ¡Dadme un abrazo!

Ambos acudieron para demostrarle cuánto le querían. Y a decirle que no estaba solo.

Sus nietos eran la razón de su vida.

Los muchachos se cruzaron una mirada triunfante. Hacía tiempo que veían a su abuelo solo, más tristón y callado. Ya no tenía con quién compartir alegrías ni penas porque ya no estaba Rebeca. Por eso se habían propuesto hacerle feliz en su cumpleaños.

Habían superado su misión secreta.

 
 
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