10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Chiara
Beatriz Mocchi, 16 años
Colegio Pineda (Barcelona)

La muerte y yo tuvimos nuestro primer contacto cuando aún era una niña pequeña. Había oído hablar de ella, pero nunca me la habían presentado. Tampoco tenía mucho interés en conocerla. Pero la muerte llega cuando menos te lo esperas.

La mañana del dos de mayo, Chiara estuvo un poco callada, aunque su alegría no había desaparecido del todo. Pensé preguntarle si se encontraba bien, pero llegué a la conclusión de que no me diría nada. Al fin y al cabo yo tenía ocho años. ¿Qué iba a entender una niña tan pequeña?
Me tomó la mano con delicadeza y me atrajo hacia sí con una sonrisa oscura.

Mamá le había pedido que me llevara a la escuela, ya que nuestro hermano tenía varicela y ella tenía que quedarse en casa para cuidarle. Fue la primera y la última vez que me subí a una moto. Al llegar a la escuela me besó las mejillas y yo la abracé con fuerza. No sabía que ese sería el último abrazo que le daría a mi hermana aunque, pensándolo bien, fue una linda manera de despedirse.

No sabía qué hacíamos en el hospital un martes por la noche, pero en mi mente de niña pequeña entendí que era algo muy importante. Solo había una cosa que me extrañaba: ¿por qué estábamos todos en esa sala excepto Chiara?

Mi padre me pasó una mano por el rostro. Era fría y rígida, y me asusté porque la mano de mi padre nunca había tenido aquel tacto. Era una mano desconocida, una mano nueva, una mano que me indicaba que debía haber ocurrido algo terrible.

El médico era un hombre alto y delgado, de ojos oscuros y hundidos en las cuencas como dos agujeros negros en un cráneo desnudo y muerto.

-Lo siento, no hemos podido hacer nada.

Mis padres empalidecieron. Me parecían seres extraños y desconocidos. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Les bajaban por las mejillas y acababan entre sus labios. Aunque yo no entendía qué había sucedido, a cada segundo me sentía más triste.

No fue hasta al cabo de un rato que mi padre me explicó que Chiara se había marchado para no volver nunca más. Le pregunté qué quería decir con “nunca más”, si es que estaría fuera una o dos semanas, o tres, porque aún no entendía que “nunca más” quiere decir “para siempre”.

Me sorprendió ver a Chiara en aquella litera blanca del hospital. Había algo diferente en sus ojos color agua. Porque ya no se parecían al mar en calma sino a las aguas estancadas en las que jugábamos cada vez que viajábamos a la Bassa.

La observé mejor y descubrí algo diferente de lo habitual. Aunque las hubieran limpiado, las heridas eran bien visibles. Me agité entre los brazos temblorosos de mi madre, que me mantenían pegada a su pecho, hasta conseguir que me soltara. Entonces me senté junto a mi hermana y murmuré su nombre, sin recibir respuesta. La agité suavemente, tratando de despertarla.

Pero no se movió. Entonces entendí por qué todos lloraban.

Mi corazón se estancó, como el agua de sus ojos. Pero no sentía tristeza por ella, sino ira. Una ira irrefrenable que llenó mi alma. No pude evitar gritarle ahí mismo que era una egoísta por haberse marchado. Que era una cobarde por haberme dejado sola en este mundo que no me gustaba. Y le dije que mi hermana no podía ser ni egoísta ni cobarde, y que por eso ella no sería mi hermana nunca más.

No me detuve a pensar en el dolor que sufrió mientras aquel desconocido la maltrataba. Su frustración al pedir ayuda sin que nadie la escuchara. Solo era capaz de ver mi propio dolor. Un dolor que, al contrario de lo que muchos piensan, estaba prácticamente a su altura. Porque si a ella le había usurpado el cuerpo, a mí me arrebató una parte del mío. Aquel hombre me había robado a mi hermana, mi vida, mi todo. La luz de mi existencia, mi ejemplo a seguir, mi faro.

No nos reencontramos de nuevo hasta el domingo y, aunque seguía triste y confusa, algo cambió en mí al verla.

Chiara volvía a ser mi hermana. Tenía los cabellos de oro y los ojos de plata. Toda ella brillaba como la joya más hermosa del mundo. Sus labios hacían de nuevo aquella mueca fiera que la caracterizaba, y su cabello rizado enmarcaba su rostro deformado. No me costó entender que había luchado como una leona ese dos de mayo.

Muchos dicen que no se debe llorar la muerte de aquellos a los que amas, pero yo no me arrepiento de haber llorado un océano por ella. Se merecía mis lágrimas, porque no eran lágrimas de pena sino de amor.

Le di un último beso ese domingo y le prometí que, cuando llegara el momento, yo recibiría a la muerte como a una vieja amiga.

 
 
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