10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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La estrella
Blanca Gallostra, 16 años
Colegió Canigó, (Barcelona)

Estaba dormida, ajena al frío que azotaba las calles. En la habitación sólo se escuchaba su respiración pausada, hasta que con un ruido la niña se despertó.

La curiosidad la arrastró hasta la ventana. Se puso de puntillas y se agarró al marcó de la ventana para ver las calles nevadas. Atisbó un destello en el suelo. ¿Qué sería?... Decidió bajar a investigar. Se abrochó la bata y enfundó sus pies en unas divertidas zapatillas.

Con un golpe el ascensor anunció que había llegado a la planta baja. En la calle, la bata y las zapatillas le sirvieron de poco abrigo. El frío se le colaba por las mangas y el cuello, y se le mojaron los pies. Con la primera bocanada de aire sintió que éste había dejado su garganta y pulmones escarchados. Volvió a distinguir el destello. La emoción la llevó hacia el bordillo de la acera.

Ya de vuelta, admiró la estrella. Desprendía un calor agradable y suficiente luz como para iluminar el ascensor, aunque no llegaba hasta el cielo. La dejó sobre la mesilla de noche y se quedó mirándola, absorta, hasta que se durmió.

Al día siguiente la guardó en el cajón y fue a desayunar. Sus padres, preocupados por su tos, la mandaron a la cama y avisaron al doctor.

Encontraron las zapatillas mojadas. <<¿Habrá salido afuera con este frío?>>. Ella temía que se enfadaran, pero tras la visita del médico se quedaron a su lado, cuidándola.

Cuando por fin la dejaron sola, se asomó para abrir el cajón y ver su estrella. Sabía que tocarla la calentaría. Pero se quedó muy triste al ver que apenas emitía luz.

Esperó a que llegara la noche.

Sus padres no la dejaban sola: le trajeron mantas, un tazón de leche caliente y le cogían la mano. Pero cuando oscureció, la dejaron descansar.

Se incorporó para quitarse las mantas de encima. Tuvo frío, pero el contacto con la estrella la reconfortó. Subida a una silla abrió la ventana. Una oleada de viento helado la golpeó en la cara. Durante un momento miró la estrella. Después la lanzó al cielo. Al ver cómo subía, deseó irse con ella.

La plaza de la Iglesia estaba llena de gente de luto. Había una señora que lloraba mucho y un hombre con cara descompuesta acompañaba al pequeño ataúd blanco. Dos señoras comentaban:

-Dios mío; debe de ser tan duro para la familia… Una niña tan pequeña.

-Fíjate: murió sola y de noche. Qué triste… Una neumonía, que con estos vientos te atrapa y no te deja ir.

 
 
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