10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Recuerdo vivo
Blanca Gallostra, 16 años
Colegió Canigó, (Barcelona)

Sucedió en el verano del 82. Mariana había cumplido los dieciocho. Sin embargo, era una chica solitaria a la que disgustaban las celebraciones y las fiestas. De hecho, en la escuela nunca había sido muy habladora. Prefería escribir o retratar los paisajes que le ofrecía su pueblo a comentar acerca de la vida con los demás alumnos.

Al final del verano se iba a mudar a Barcelona, a casa de sus abuelos, para acudir a la universidad. Dejaría atrás todo lo que amaba. La soledad le parecía imposible en una ciudad tan grande en la que estaría constantemente rodeada de gente. Pero ella quería estudiar y para eso tenía que abandonar el pueblo.

Había resuelto disfrutar del verano tanto como pudiera. Pasaba grandes ratos a solas, describiendo en su cuaderno cada rincón de las callejas, cada escondite en el bosque, cada lugar, en definitiva, del que tuviera recuerdos para llevarse con ella a la ciudad.

Faltaba apenas un mes para irse y no quería dejar de visitar aquello que ocupaba el lugar más especial de su corazón: bajando por el camino y tomando un sendero que solo utilizaban los cazadores, se llegaba hasta ahí. Apartando el follaje que ocultaba su entrada, se descubrían los restos de una trocha que ascendía y ascendía. El esfuerzo merecía la pena, pues la vereda desembocaba en un mirador natural desde el que se podía contemplar todo el valle.

Al llegar escuchó una melodía distinta a los cencerros de las vacas y los trinos de los pájaros. Se trataba de una canción que conocía bien pero que sonaba con un tono lastimero.

Mariana se subió a un árbol para esconderse y desde la copa descubrió a un chico que estaba sentado en el borde de la roca que formaba el mirador. Era él quien tocaba la canción. Como el muchacho estaba de espaldas, no podía verle la cara. Entonces se descolgó del árbol y se situó detrás de él. Sabía moverse sin hacer ruido. Además, allí estaba en su terreno.

Decidió sentarse a su lado imitando su postura. Él la miró y arqueó las cejas a modo de saludo, pero siguió tocando la armónica hasta que finalizó la canción y se guardó el instrumento en el bolsillo de la camisa.

-Que vista tan preciosa.

A Mariana le agradó su observación.

- Sí. Es mi lugar favorito.

De pronto le pareció absurda su preferencia por la soledad, pues le había resultado muy agradable entablar aquella conversación con aquel desconocido. Por eso siguieron juntos durante algunas horas, sentados al borde de la roca, hasta que empezó a oscurecer.

Volvieron juntos al pueblo. Él pasaba unos días en casa de sus abuelos, cerca de la plaza. Le acompañó a Mariana hasta la suya.

-¿Nos volveremos a ver? –se sorprendió al lanzarle aquella pregunta.

- Espero que sí, aunque la semana que viene vuelvo a casa.

- Vaya. ¿En dónde vives?

- Un poco lejos –sonrió-. En Barcelona

Fue la despedida más feliz que nunca pudo imaginar. No volvería a describir lo que dejaba atrás sino que soñaría con lo que aún le quedaba por vivir. Sólo un lugar permanecería por siempre en su memoria, pero no necesitaba unas líneas para recordarlo pues se había quedado esculpido en su corazón.

 
 
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