10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Los ojos de la princesa
Laura Castelblaque, 16 años
Colegio Vilavella (Valencia)

Se ató la cinta del pelo y salió al pasillo. Pretendía bajar para saludar a los invitados de sus padres cuando oyó un llanto, que procedía de la habitación de los trastos viejos. Chirriaron los goznes de la puerta y el polvo la hizo estornudar. Caminó entre cajas y muebles apoltronados. Aunque el llanto venía de allí, parecía velado. Y es que el niño de los ojos verdes estaba escondido detrás de una montaña de libros.

-¿Qué haces aquí? –lo tomó en brazos, todavía sobresaltada por aquel descubrimiento.

-Tengo miedo -le respondió, secándose los ojos con las mangas del suéter.

-¿Miedo de qué?

-De que me olvides.

-¿Por qué te iba a olvidar?

El niño rezongó antes de responderle:

-¿No te parece un poco extraño que nadie me vea excepto tú? Yo…

-¡No lo digas!- gritó, tapándose los oídos con las manos.

-… no existo.

Ella escondió la cabeza entre los brazos. No quería que la viese llorar.

-¡No quiero que te vayas! –su voz sonó hueca.

-No te vas a quedar sola, aunque no me veas, ni me oigas. Te lo prometo que seguiré a tu lado.

-Tengo miedo. Tú eres fuerte, y yo… ¡Te necesito!

-Pero si soy una parte de ti –hizo un esfuerzo por sonreírle-. Tú me has hecho. Soy tu amigo imaginario, esa parte fuerte, alegre y divertida de ti que todavía no has descubierto que tienes.

-Si tú lo dices… -no parecía convencida.

-Dime algo... ¿Qué te gustaría ser ahora mismo?

-Una princesa.

-Bien, pues deja de llorar y levanta la cabeza porque se te está cayendo la corona.

Ella, sonriendo, le obedeció.

-Quiero que veas siempre el lado bueno de las cosas, alteza.

-Eso es lo que haces tú, ¿verdad?

Él asintió, sin dejar de mirarla.

-¿Y eres feliz?

Asintió de nuevo.

-Pero, es que yo no tengo tus ojos optimistas.

-Te los daría si pudiese –suspiró-. Ahora, prométeme algo.

-Lo que quieras.

-No me olvides.

-Nunca.

Se quedaron abrazados hasta que ella se durmió.

Cuando despertó estaba sola. No se oía nada y ya no podía verle.

Se levantó del suelo. Estaba helada. Volvió al baño y subió al alzador de madera para llegar al lavabo y lavarse la cara. Sus ojos se habían aclarado: ahora eran verdes.

 
 
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