10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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A sangre fría
Lourdes Castilla, 14 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

Estoy en la oscuridad de la noche, en la que solo la fría y tenue luz de la luna ilumina las calles. Con la agilidad de un felino, sin hacer ruido, persigo mi presa. Cuando el individuo deja de correr, cansado y confiado de haber perdido a su perseguidora, ahoga una exclamación al sentir cómo un objeto punzante se hunde en su espalda. Su corazón deja de latir.

Me acerco a aquel hombre tendido en el suelo. Siento decepción pero ningún tipo de remordimiento. Suspiro y me agacho para tomarle el pulso: está muerto. Sin dejar ningún tipo de rastro, me voy.

¿Qué cómo llegué a matar a sangre fría? Al arrebatarme todo lo que me quedaba para ser feliz.

Admito que era ingenua y no demasiado sociable, será por eso que me cuesta confiar en la gente. El caso es que hace un año vivía con mi hermano pequeño, Miguel, pues nuestros padres murieron en un accidente.

Un día dimos un paseo por el parque. Miguel estaba muy contento. Había acabado el colegio y se le presentaban las vacaciones de Navidad. Al llegar a arenero, me empujó en broma haciendo que me cayera de culo.

-¡Idiota! -le dije entre risas.

Entonces vi una mano delante de mí.

-¿Te ayudo?- me preguntó un chico algo mayor que yo, con mirada divertida.

Le cogí la mano y me puse en pie.

Me disponía a perseguir a mi hermano pero aquel muchacho me lo impidió.

-¿Cómo te llamas? -compuso una sonrisa.

-Lola. ¿Y tú?

-Nicolás.

Tras esta pequeña conversación fue forjándose una amistad y, después, el amor. Miguel le tomó mucho cariño.

Una tarde, al volver de la compra, me encontré la casa extrañamente silenciosa. Dejé las bolsas en la cocina y llamé a Miguel, pero no me contestó. La puerta de su habitación estaba abierta. Lo encontré tendido en la alfombra. Su cuerpo inerte mostraba heridas profundas, signos de haber sido torturado.

De rodillas, a su lado, comencé a llorar. Lo único que quedaba de mi familia había desaparecido y, con él, el sentido de mi existencia. Divisé por el rabillo del ojo una figura cerca de la ventana.

-Nico…- dije en un susurro.

En su rostro se formó una sonrisa desquiciada que me produjo escalofríos.

-Pero, ¿qué has hecho?... Estás enfermo.

Se rio.

-Ha sido tan divertido ver su cara de sufrimiento… En fin, con tu permiso, me voy. Ha sido un placer conocerte.

Con una sonrisa retorcida abrió la ventana y saló a la calle.

Deseé con toda mi alma que hubiese sido una pesadilla.

Al ponerme en pie, supe que había encontrado un nuevo motivo para vivir, lleno de odio y sed de venganza. Me juré que le encontraría y le haría pasar por una muerte lenta y dolorosa.

Y así llegué a matar a sangre fría.

 
 
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