10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Mi amigo Ansel
Magdalena Perea, 16 años
Escuela Zalima (Córdoba)

De niño me encantaba mirar por la ventana. Enfrente de mi casa siempre había un pobre. Durante años lo vi mendigar. Se pasaba el día tirado sobre un par de cartones. Solo se levantaba dos o tres veces, iba y volvía al rato. Vi cómo le crecía cada vez más la barba, cómo su ropa iba teniendo más desgarrones. Me daba mucha pena.

Yo sólo era un niño y quería ayudarle, pero no sabía cómo y, además, mi madre no me dejaba ni acercarme a él. Recuerdo sus voces cada vez que me descubría mirándole por mi ventana.

Intenté ayudarlo: le tiraba los ahorros que iba consiguiendo. La primera vez le di con una moneda en la cabeza, chilló. Pero enseguida se fue dando cuenta de que quería ayudarlo y, poco a poco, le entregué todos mis ahorros.

Pero no sirvió de mucho. Lo que para un niño era un tesoro, el esfuerzo de todo un año guardando pagas y aguinaldos, para un indigente apenas daba para unos bocadillos.

De él sólo sabía su nombre: Ansel.

Le tomé un cariño especial. Con los años he visto muchos indigentes, pero sólo Ansel me marcó de una manera especial, tal vez porque me recordaba a mi difunto abuelo.

Una mañana, cuando me desperté, Ansel no estaba. Pasé mucho rato asomada a la ventana. No estaban sus cosas, sus cartones, que siempre dejaba en un rincón. Además, a esas horas siempre estaba dormido. Me preocupé. Pero de pronto descubrí un trozo de cartón con algo escrito. Me vestí y con la excusa de recoger un bolígrafo que se me había caído por la ventana, conseguí salir a la calle.

Ansel había escrito: "Querido niño, me alegra haberte conocido. Aunque no lo creas, me has ayudado mucho. Adiós, Ansel."
Sus palabras me hicieron llorar. Tuve que decirle a mi madre que me había caído. Nunca entenderé por qué se marchó de repente. Pero era un niño y en apenas unas semanas me acostumbré a su ausencia.

Crecí. A veces pensaba que me hubiese gustado volver a verlo, aunque sólo fueran unos minutos.

Después de terminar la carrera universitaria, decidí buscarlo. Era absurdo, pues sólo sabía su nombre. No tenía ni una foto para poner carteles. Al final me rendí.

Ahora es imposible encontrarle; seguramente estará muerto, pues ya era mayor cuando yo tenía ocho años.

He vuelto a vivir en la antigua casa de mis padres. Me encanta mirar la calle desde aquella ventana, como cuando era niño, aunque Ansel y sus cartones sean solo una sombra.

 
 
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