10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Las garras de la envidia
María Fernández Núñez-Villaveirán, 16 años
Colegio Montealto (Madrid)

El año pasado una chica llamada Envidia llegó hasta un extraño parque. A la entrada había un letrero que rezaba: “Parque de los recuerdos”. Envidia pensó que sería una experiencia interesante. ¿Pero dónde está la lógica de todo esto? Pronto lo veremos…

Envidia se sentó en un banco en el que alguien muy celoso había escrito con las uñas: “Celos”.

-Celos… -dijo sarcásticamente Envidia.

Pues sí, celos es lo que ella llevaba en lugar de corazón. Se levantó; ya no le apetecía estar más tiempo sentada. Intentó hacer memoria de por qué se sentía enfadada.

-Ah, sí… Hace seis meses, ni más ni menos, hallaron a una niña muerta en un río de tinta azul.

La noticia se difundió como la pólvora. ¿Qué ser podría haber hecho semejante cosa?

-Fui yo. Sí, yo… -se dijo varias veces Envidia. Lo gritó a los cuatro vientos, orgullosa. Se regodeó en ese terrible recuerdo. Se sumió en lo ocurrido. Lo mejor era que nunca nadie lo sabría.

Unos años después, Envidia notaba la insistente aparición de nuevas víctimas. Todas ellas tenían algo en común: un extraordinario parecido a la niña muerta. Envidia soñaba con poder librarse de ellas, pero eran tantas…

Hasta que una noche acudió a un baile al que dieron por título “El juicio y la pena”.

Había oído decir que asistirían los hombres más guapos del lugar. Su mejor amiga, Odio, le dijo que el más hermoso de todos era un tal Vanidad. Envidia oyó hablar tanto de la belleza del joven, que empezó a sentir celos.

El día de la fiesta no tardó en llegar. Había mucha gente y un ambiente animado. Envidia se presentó con un precioso vestido en tonos azules, hecho a base de lazos y tiras de seda finísimas. Odio no pudo evitar hablar de su amiga; no tardó en expresar su admiración a Calumnias, quien inmediatamente tornaba lo que oía en algo negativo y burlesco.

Envidia se dio cuenta de que Odio la despreciaba por lo elegante que ella iba, y aquellas críticas no tardaron en llegar a los oídos de Vanidad. Había que darse prisa para que no siguiera siendo horriblemente criticada. Por eso se fue aproximando con una falsa sonrisa a Vanidad, quien la miró de arriba abajo sin mostrar ni un atisbo de interés por la joven.

Una muchacha muy hermosa se interpuso entre Envidia y Vanidad. Le susurró algo a Vanidad, que se echó a reír sin quitar la mirada de Envidia.

Envidia no logró reaccionar. Sentía un rencor que podría conservar eternamente. Sin embargo, antes de huir de las burlas quiso saber quién era aquella personita. La agarró por el hombro y le obligó a volverse para encontrársela cara a cara.

¡Horror! Conocía a esa joven.

-Sí, Envidia, he vivido sepultada bajo ríos por los que corre tinta azul. ¿Olvidaste, acaso, que mi nombre es Justicia?

Envidia sintió un escalofrío.

La belleza de Justicia se fue derritiendo, inundando de azul aquel salón. Pese a que se deshacía, pudo arañar a Envidia en los brazos, y deshacer los lazos de su vestido.

Los invitados huían presa del de terror.

Envidia lloraba y lloraba de la envidia incurable que sentía por aquella joven que, incluso muerta, seguía pareciendo hermosa. Después se pasó la noche intentando curar sus arañazos, que fueron sanando al tiempo que se le borraban los recuerdos de lo ocurrido en el baile.

Pero hubo una marca que permaneció: sus uñas habían quedado llenas de la tinta azul de los ríos, pues fue con sus manos con las que ahogó a la bella joven. Cuanto más que se las lavaba, más azules se ponían, acrecentando su recuerdo del rostro de Justicia, a la que asesinó por un repugnante sentimiento de envidia.

Cada vez que pensaba en el rostro de Justicia, sus dedos se iban retorciendo, hasta tal punto de quedar inservibles.

Cuando Envidia falleció, dijeron que meses antes había intentado ahorcarse con una de las tiras de su vestido azulado. La gente sólo hablaba de ella para reírse de las chistosas críticas de Calumnias.

Alguien me contó que, en su entierro, de las podridas garras de Envidia se desprendieron las uñas azules. Para que no se perdiesen bajo dos metros de tierra, las colocaron en un altar. Era el adorno que más brillaba en las celebraciones. Incluso de noche, la luna asomaba sus rayos para que se reflejasen en ellas.

 
 
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