10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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El número de la esperanza
María Cristina Bagán, 14 años
Colegio Altozano (Alicante)

Era diciembre. Veintiuno. Las calles de Alicante estaban repletas de gente que compraba regalos de última hora. Una brisa helada iba de aquí para allá, haciendo que muchos se anudasen mejor sus bufandas. Se vendían castañas, churros y chocolate caliente por doquier. Paseaban las familias, los amigos y personas solas. Todo el mundo parecía contento, hablando por el móvil y con los demás de sus compras. Todos estaban felices, menos Diego.

Diego había sido un respetable administrativo de una empresa de azulejos, pero la crisis de la construcción hizo que cerrase, mandándole al paro sin ninguna oportunidad de volver a trabajar. Sin padres ni familia a la que recurrir, se había visto obligado a mendigar por las calles. Su vida se había vuelto muy dura, más aún en el frío del invierno, ya que solo se podía tapar con un suéter que una abuela le había regalado al salir de misa.

Diego se encontraba pidiendo delante del Corte Inglés de Federico Soto. Colocó el cartel donde expresaba su necesidad de que le diesen dinero, cuando vio a Julio -el vendedor ciego de la ONCE- entrar en su quiosco.

-Buenas tardes, Julio -le saludó educadamente. Pensaba que, aunque fuese mendigo, debía mantener su buena educación.

-¿Ese que oigo es Diego?... - preguntó Julio con retranca.

-Sí señor, el mismo -le contestó con un matiz tristón.

Julio percibió el matiz tristón de su voz. Le preguntó:

-¿Qué te pasa, hijo?

-¿Cómo que qué me pasa?... Todo el mundo celebra la Navidad con sus familias, pero yo me quedaré aquí solo, con el frío como única compañía.

Julio cabeceó y murmuró en voz baja.

-Oye, tú te quejas mucho, ¿eh? -. Diego no le contestó-. Tú que dices tener mala suerte… dime, ¿de qué color está el cielo? ¿Cómo son las plantas de la plaza de la Montañeta? O, más fácil, ¿mi camisa es de rayas o cuadros?

Diego se quedó reflexionando.

-Mira, te entiendo, porque a veces me pregunto por qué yo soy ciego y los otros no. Por qué no puedo ver a mis hijos. Con el paso del tiempo me he dado cuenta que Dios lo ha querido así. Yo que tú le daría gracias porque hoy sigues aquí, con la vista de un lince y una mente que parece funcionar.

Diego reflexionó.

-Tienes razón, Julio. Me voy a acercar a Nuestra Señora de Gracia.

Se puso a caminar con las manos en los bolsillos, ajustándose un poco la raída bufanda de color verde. No estaba seguro de qué haría cuando entrase en el templo. Seguro que Julio era de los que cree que siempre hay esperanza. Esperanza. Esa fue la palabra que se quedó rondando por su cabeza. Por eso pidió estampitas de la Virgen de la Esperanza, pensando que le traería buena suerte. Se dispuso a leer la oración del reverso cuando se fijó en una palabra: <<Spes>>. Curioso, fue a preguntarle al párroco, que le dijo que significa “esperanza”.

Se quedó un rato en la iglesia, dándole vueltas al asunto. Un poco aburrido, empezó a contar el número de letras que formaba aquella palabra.

La “s” era un uno, ya que contaba hasta nueve y volvía a repetir la secuencia hasta que llegase la letra en cuestión. La “p” era el siete. La “e”, el cinco. Y, de nuevo, la “s” otro uno.1751. Ese era el número resultante: 1751, el número de la palabra esperanza.

De repente, su cara se iluminó y salió corriendo, dándole mentalmente las gracias a Dios. Parecía que todo estaba resuelto. 1751 era el número de la esperanza, uno de los números que tendrían que salir premiados en el sorteo de la Lotería de Navidad.

Corriendo, llegó al quiosco de Julio.

¿Vendes lotería? –le preguntó jadeante.

-Sí, pero apenas me quedan unos números.

Para sorpresa de Diego, Julio tenía el 1751. Compró un boleto con el poco dinero que tenía.

Al día siguiente los niños de San Ildefonso cantaron El Gordo, que fue el 1751. Diego se dio cuenta de que sólo había necesitado creer.

 
 
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