10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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La carpeta
Marina Medina, 17 años
Colegio Senara (Madrid)

Oí el pitido de la locomotora e hice un intento de echarme a correr, pero no tenía sentido… Detrás de mí venía Ana, riendo y curioseando todo lo que se le ponía por delante. Estaba feliz, así que de nada servía estropearle ese momento haciéndola correr.

Ana era sinónimo de alegría. Sin embargo, su falta de prudencia hacía desconfiar a los coordinadores del centro, que aún no le permitían funcionar a su aire.

Yo, por el contrario, era lo opuesto a ella: sensato y cauteloso. Nos complementábamos, y eso nos hacía tan buenos amigos. También era lo que había convencido a los coordinadores para dejarme acompañarla en su primer viaje en Metro.

La dejé pasar primero al vagón y le busqué un sitio donde pudiera sentarse.

Dos jóvenes síndrome de Down despiertan la ternura de la gente, pero también provocan miradas de recelo, a las que Ana no hacía el menor caso.

Inmerso en mis pensamientos, no me enteré de que una chica que estaba sentada junto a Ana, se había levantado. La casualidad hizo que se hubiese olvidado una carpeta en el asiento. Ana vio el portafolios, y no dudó en ponerse en pie y salir del tren para devolvérsela.

-¡Ana! –la llamé, antes de comprender que tendría que apresurarme si quería alcanzarla.

La encontré disgustada en el andén, con la carpeta en las manos. Intenté convencerla para esperar allí al siguiente metro, pero ante sus protestas y el pensar que sería imposible que consiguiésemos llegar puntuales, me hizo salirme de las normas que me habían marcado en el centro.

Subimos y bajamos por las escaleras mecánicas, y recorrimos cada andén de aquella estación, sin éxito, hasta el azar hizo que, en una esquina, Ana localizase a chica, que hablaba por su teléfono móvil con un acento de preocupación, tal vez con la oficina de objetos perdidos, sin poder imaginarse que su <<salvación>> se acercaba en forma de mujer bajita y sonriente.

Me habían dicho que me resultaba difícil captar las emociones. Sin embargo, qué difícil resultaba no percibir la gratitud y la sorpresa que irradiaba aquella chica, así como la satisfacción de mi amiga. Aunque no es la persona más lista del mundo, había alegrado el día a aquella muchacha.

Llegamos al colegio, en donde nos esperaba una buena regañina. Cuando nos separamos para ir cada uno a su clase, pude distinguir una chispa de emoción en los ojos de Ana, que sin perder la sonrisa pareció decirme:

<< ¡Mañana, más aventuras!>>.

 
 
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